¿Creu de Sant Jordi?
Cuando se instauró la Creu de Sant Jordi como premio, en 1981, se convirtió en un símbolo del resurgimiento de la Catalunya postfranquista. Una reafirmación de la nación y un reconocimiento a las personas y entidades que nos ayudan a ser quienes somos. Una especie de segunda Renaixença, pero no tanto literaria como institucional. La catalanidad de los galardonados estaba fuera de toda duda. Con los años, sin embargo, como el amor, los huesos del cuerpo o los electrodomésticos se han ido estropeando u oxidando. Una no sabe si por obsolescencia programada, por descuido o por interés partidista. El caso es que pagan justos por pecadores y aquellas personas que son muy merecedoras de ellas se ven diluidas en medio de otros nombres que vienen a contentar al gobierno de turno pero que muestran méritos de dudosa credibilidad, según los parámetros fundacionales.
Cuando una fórmula de éxito es bandera de un país y este país crece nacionalmente de manera peligrosa, tanto que conviene mantenerlo a raya, la clave del desprestigio radica en la desmovilización y viceversa. La desvirtuación radica en el enturbiamiento y la generación de la duda de las instituciones, la causa y la historia. Tal como pasó el 1 de octubre, cuando los detractores se aseguraron de no ir a votar, de confiscar urnas y de sembrar la violencia para deslegitimar el resultado, ahora con las Creus de Sant Jordi —y salvando las distancias— sucede algo similar. El cobro de favores, la otorgación sin miramientos y los intereses políticos que hay detrás, ponen sombra sobre una iniciativa que inicialmente construía un imaginario y que hoy corre el peligro de devaluarse porque la sospecha de pensar que el cedazo está un poco agujereado es muy plausible.
Asimismo, más allá de criterios generalistas (paridad,........
