No llames

Hay una cosa que cada vez me incomoda más: que la gente me llame. Ya lo sé, antes no hacía falta pedir permiso para hacerlo. Hubo una época en la que una llamada era una buena noticia. Ahora solo lo miro con miedo de que sea del colegio y que me digan que uno de mis hijos está enfermo. Cuando yo era niña, en casa sonaba el teléfono (que estaba al lado del sofá) y todos corríamos a ver quién era. A lo mejor la abuela, a lo mejor ese chico que te gustaba, a lo mejor alguien que había llegado bien de vacaciones. El teléfono era una puerta abierta al mundo. En casa te decían que no llamaras más tarde de las diez por si la gente ya dormía. Yo, en cambio, recuerdo cómo me daba una rabia inmensa que la amiga de mis padres me llamara a las ocho de la mañana el día de mi cumpleaños. ¡Me había despertado después de haber salido la noche antes! En ese momento, ya me parecía un tipo leve de agresión a la intimidad. Ahora, cuando suena el móvil sin previo aviso, nadie piensa: "¡Qué ilusión!". El primer impulso es mirar la pantalla con una mezcla de desconcierto y desconfianza. ¿Quién es? ¿Por qué llama? ¿Qué quiere? ¿Es una urgencia? ¿Es un comercial? ¿Es el dentista?........

© ElNacional.cat