Jordi Évole, la cataplexia |
Decían los antiguos que el alma es una triste prisionera castrada por los sufrimientos del cuerpo. Yo opino más bien que, con el paso del tiempo, la carcasa se convierte en una traducción física casi perfecta de nuestros pensamientos y desvaríos. Reflexionaba sobre ello esta semana cuando, a causa de esta tiranía del cojones de algoritmo (los tecnólogos yanquis, gente de una sexualidad notoriamente barroca y faltos de figura paterna, saben demasiado bien qué tienen que meterme en la pantalla para que me excite), me aparecía continuamente Jordi Évole en las aplicaciones del teléfono. He aquí Jordi, repetidamente Évole, en la superficie de mi pobre dumbphone, Jordi ataviado con una sudadera de la bandera de España, como si todavía tuviera treinta años, pobrecito mío, y helo aquí a Évole, dando golpes al bombo de la selección rojigualda en un programa absurdo de Televisión Española, de esos que confunden una entrevista con el arte madrileño del colegueo y el gracejo, y aún por si no fuera suficiente, Jordi explicando a los españoles que sufre cataplexia, ya lo sabéis, aquella tara neuronal que, sin motivación aparente, hace que tu musculatura colapse y decaigas como una bailarina.
A Évole se lo ve bastante jodido, en efecto, y no por la lacra (como buen catalán, a falta de poder presumir de su brillantez periodística —patente en textos verdaderamente antológicos como “Calle de Santos Cerdán”—, ha decidido optar a la figura........