Los 'hombres buenos' también agreden a las mujeres |
La apariencia también engaña y, a pesar de saberlo, es en la apariencia donde seguimos depositando nuestra confianza para otorgar credibilidad a las mujeres, especialmente cuando los hombres son señalados por comportamientos machistas, sexistas e incluso ya violentos contra la integridad física, sexual y emocional de las mujeres. Desde los clichés más habituales, -cuando está en cuestión la credibilidad de esas mujeres víctimas de violencias machistas, también las sexuales- hay hombres con aspecto de “chicos buenos”, de gente maja, educada, “limpia”, presentable, de buena familia, respetados... y los hay cuya apariencia resulta sospechosa por su origen, el color de su piel, por ser de clase baja, por su condición socioeconómica, por el tipo de trabajo que tienen e incluso por un físico que se percibe como desagradable e inquietante. La tranquilidad que proporcionan los primeros no nace del conocimiento, sino de un prejuicio profundamente cultural y patriarcal, el de que “la normalidad” (entendida como hombre blanco, cishetero, masculino y buena posición social) protege.
Tener “cara de agresor sexual” no deja de ser una mirada clasista y colonial sobre quiénes son los perpetradores de la violencia machista. No es más que una falacia de control tranquilizadora que está atravesada por sesgos automáticos y prejuicios que vienen apuntalar un supremacismo que señala cuáles son las jerarquías de hombres que deben ser protegidas y quedar impunes en el orden patriarcal. Pensar que quien agrede física, emocional o sexualmente a una mujer debe parecerlo es absurdo, porque ni la violencia ni quienes la ejercen, no solo contra las mujeres, sino también contra niñas, niños y adolescentes, emiten señales inequívocas que alerten del peligro. Ojalá fuera así de fácil.