Por qué el mundo gira hacia un nuevo fascismo |
En un mundo racional, Donald Trump no sería presidente de los Estados Unidos. Narcisista, irresponsable, insensible, inmaduro, corrupto, vengativo y temerario, solo un insensato o un necio apoyaría su candidatura. Sin embargo, Trump consiguió 76.815.110 millones de votos en un país con algo más de 342 millones de habitantes. Es decir, el 50’9% del voto. No importó que hubiera sido condenado penalmente por un total de 34 delitos graves de falsificación de registros comerciales en primer grado para ocultar el pago de 130.000 dólares a la actriz pornográfica Stormy Daniels a cambio de su silencio sobre un encuentro sexual en 2006, ni que un jurado lo declarara responsable de agredir sexualmente y difamar a la escritora Elizabeth Jean Carroll, ni que se le hubiera condenado por inflar fraudulentamente el valor de sus activos para conseguir mejores condiciones en préstamos y seguros. Además de un delincuente convicto, Trump es vergonzosamente ignorante, lo cual tampoco ha preocupado demasiado a sus electores. En 2019, afirmó que en 1775 los patriotas que luchaban contra los británicos “tomaron el control de los aeropuertos”, algo imposible y ridículo, pues hasta 1909 no se construyó el primer aeropuerto en Estados Unidos. También aseguró que el presidente Andrew Jackson, que había muerto en 1845, se mostró muy enojado por el estallido de la Guerra Civil en 1861, y elogió al histórico abolicionista Frederick Douglass, fallecido en 1895, como si aún estuviera vivo: “está haciendo un trabajo increíble y está siendo reconocido cada vez más”. Podría añadir más datos sobre la inestabilidad, la indecencia y la estulticia de Trump, pero ni el lector más paciente sería capaz de llegar hasta el final de un texto descomunalmente prolijo. Aunque la popularidad del antiguo especulador inmobiliario con una mata de pelo que parece una zanahoria pisoteada ha descendido hasta un 37%, sigue conservando el apoyo de millones de estadounidenses y es el líder indiscutible de la ultraderecha global.
Trump no es un fenómeno aislado. Otros idiotas superlativos han escalado hasta lo más alto, causando estragos con su colosal megalomanía. En el Cono Sur hay un tal Javier Milei que afirma comunicarse con Conan, un perro fallecido hace tiempo, gracias a una médium y que jura haber llegado a la Casa Rosada por voluntad divina. Y, si nos desplazamos hacia el Este, nos topamos con el zar Vladímir Putin, que ha incrementado su popularidad con sus filigranas de judoca 8º dan y varias estampas épicas, como la exhibición de su torso desnudo montando a caballo o portando un rifle de gran calibre. Se insiste mucho en que la ultraderecha no es un nuevo fascismo, pero lo cierto es que todos los líderes que he citado han dedicado grandes esfuerzos a promover el culto a la personalidad, como hicieron Hitler, Mussolini y Stalin. En España, también hay mamarrachos con delirios mesiánicos, como Aznar, que posó con el disfraz de Cid Campeador, o Díaz Ayuso, a la que sus admiradores han disfrazado de Agustina de Aragón, retocando un cuadro de Ferrer-Dalmau. A pesar de que sus gestos parecen extraídos de una ópera bufa, estos botarates han cautivado a millones de personas. Al igual que los líderes totalitarios del siglo XX, han logrado suscitar esa falsa impresión de seguridad y protección que demandan las sociedades en momentos de crisis o estancamiento. Todos los que piensan que los problemas del mundo se resuelven a patadas o dando un puñetazo en la mesa han sucumbido al hechizo de estos demagogos, que se presentan como figuras providenciales con una misión sagrada.