La fina refinería de la violencia machista

Es una obviedad decir que todo hijo de vecino reconoce la violencia cuando la ve, igual que se reconoce que el agua moja, pero si algo ha quedado claro en la última década es que la violencia machista no solo no es reconocida: es negada, invisibilizada, desplazada y ridiculizada. Y cuando las defensas contra la violencia machista —igual que contra cualquier tipo de violencia— titubean o se quiebran a propósito, esta coge muchísima más fuerza. 

A fuerza de rodeos argumentativos que se presentan como debates razonables, la realidad de la violencia machista termina tan difuminada como un cristal de coche empañado. ¿Cómo? Pues repitiendo que la violencia machista es un invento ideológico, caricaturizando el feminismo, tildándolo directamente de cáncer, o desplazando el debate hacia fenómenos reales pero marginales, como las denuncias falsas. A veces no es tanto una negación frontal, pero sí una maniobra sutil —y lucrativa, claro— de distracción. 


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