De verdad, no es necesario opinar de todo |
Esta última semana he sentido verdadero pavor leyendo a cientos de personas hablando de su libro en un tema tan delicado y personal como la eutanasia. Gente que no sabe muy bien por qué está triste un domingo por la tarde, pero que manejó con precisión quirúrgica los motivos, las emociones, los sentimientos y hasta la dignidad de una persona que llevaba años peleando por decidir sobre su propia muerte.
¿Por qué este pudor indisimulado? Porque ahora mismo son nuestras opiniones las que funcionan como medida de quiénes somos, más que nuestras propias acciones. Si Descartes levantase la cabeza diría algo así como: Opinamos, luego existimos. Las opiniones son ya una forma de identidad pública, algo que hay que exhibir para existir, aunque no tengamos ni puñetera idea de lo que estamos hablando.