Elon Musk, el profeta loco del transhumanismo tecnológico

Asistimos al crepúsculo de nuestra civilización como quien ve un accidente de muerte y quiere hacerse un selfie: un espectáculo dantesco donde el escenario más escatológico da a la vez miedo, repelús y morbo. Mientras los archivos de Epstein siguen escupiendo nombres de pedófilos ilustres y falsos iluminados, el lodazal digital se enmierda aún más con informes sobre sacrificios rituales y antropofagia satánica: la realidad ya no parece real. Y uno no sabe qué creer. Eso es un síntoma: estas palabras serían mi radiografía de la enfermedad. 

Cuando el payaso de Trump se hace rey, cuando el loco de Musk va de mesías digital, cuando el sentido común parece el menos común de los sentidos, es cuando más se necesita el discernimiento propio y el pensamiento crítico que aporta la filosofía. Pero poco arte tiene aquí el arte de la sospecha cuando la obscenidad más grotesca no ocurre a escondidas en una macabra isla sino en todas partes y a plena luz del día: el hombre más rico del mundo, Elon Musk, tiene él solito lo mismo que la mitad más pobre de la humanidad. Esta asimetría en el patrimonio no es solo un dato económico más de desigualdad; es una patología metafísica del mismo sistema, a la vez que una aberración moral. 


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