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Por qué Trump no llega ni a la suela de los zapatos de Hitler como el malo de la película

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10.04.2026

En las películas de James Bond hay siempre un momento de tensión insoportable que, bien mirado, es el momento más realista de toda la historia, a saber: el malo tiene a Bond atado a una plancha de acero, un láser empieza a subir por el muslo amenazando con partirlo en dos y, en lugar de apretar el botón y terminar el trabajo, el tipo se sirve un Dry Martini y se pone a hablar. Necesita que el héroe, y el espectador, entienda su biografía. Necesita una coartada moral para dejar de ser un simple villano y erigirse como un hombre con un destino. Esa explicación, ese discurso, es su armadura; sin un relato que lo sostenga, el villano es solo un señor ridículo en una isla privada. Porque hay una máxima en el ser humano que consiste en que nadie, absolutamente nadie, es malo a los ojos de sí mismo. Incluso cuando la maldad se autorreconoce, normalmente cuando se echa la vista atrás a las acciones del pasado, siempre hay una explicación que justifique el mal causado o que lo maquille como un mal necesario. Pero no hay males necesarios; el mal es el mal, y punto.

El mejor ejemplo que podemos encontrar, echando un vistazo al mundo, es el de Benjamín Netanyahu; su narrativa, el relato israelí, es una historia que parte de un trauma como mito fundacional de un país y que se justifica a partir de los remanentes de ese odio, del antisemitismo, que representan, dicen ellos, una amenaza existencial para su Estado. La justificación sionista, en realidad, no tiene que funcionar demasiado más allá de las fronteras de la propia Israel, basta con que sirva para que no haya una respuesta contundente de la comunidad internacional contra sus crímenes, normalmente a base de insuflar dinero a periodistas, políticos y medios de comunicación. Pero hasta los sionistas tienen un relato que andamie la barbarie que representan.


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