Un buen ciudadano

Cuando hablamos de lo que implica ser buen ciudadano, rememoro la célebre frase de John F. Kennedy: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tú país”. La citamos, la aplaudimos, pero pocas veces la asumimos. En un país como Colombia —marcado por la pobreza extrema, la violencia, la narcoguerrilla y una corrupción que parece no agotarse—, esa frase nos enfrenta a una realidad que muchos evitan: la autorreflexión.

Hemos perfeccionado el arte de exigir con indignación, con rabia, incluso con desprecio. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos qué tanto contribuimos, desde lo cotidiano, a aquello mismo que tanto criticamos. Porque ser buen ciudadano no es mirar hacia afuera; es empezar por uno mismo. Es entender que cada decisión que tomamos —por mínima que parezca— afecta a los demás. Es hacer lo correcto aun cuando nadie nos está mirando.

Nada cambia en un país donde se condena la corrupción en voz alta, pero luego se practica en silencio: cuando con nuestras acciones no damos buen ejemplo a nuestros hijos, cuando nos colamos en una fila, cuando no pagamos los impuestos, o cuando normalizamos la trampa pequeña porque “no pasa nada”. Sí pasa, y mucho, porque ahí es donde se construye una cultura ciudadana perversa, que después lamentamos padecer.

Reflexiones del 9 de abril

En las próximas semanas tendremos la oportunidad de votar por un nuevo presidente para el país. Solemos cargar ese momento de una ilusión desbordada, como si en una sola elección se jugara todo el destino de la nación. Pero en esta ocasión —sí— nos la estamos jugando toda, venimos de una profunda incoherencia entre las promesas y los hechos; y como ciudadanos hemos sido pasivos, no podemos seguir aceptando e ignorando que se nos prometa sin que se nos cumpla. El único poder que tenemos ahora es no votar por quienes nos están llevando al precipicio.

Votar a conciencia es votar por quien de verdad convierta sus promesas en realidad: contar con un sistema de salud donde el pueblo sea atendido eficientemente; disminuir la pobreza extrema; tener un sistema de subsidio de vivienda que brinde la oportunidad a las familias de contar con casa propia; entre otros. Implica, a la vez, asumir una responsabilidad de nuestra parte: hacer seguimiento, exigir resultados y no premiar el incumplimiento. Lo único que transforma a una nación -lento, difícil, pero real- es la suma de comportamientos íntegros, sostenidos en el tiempo; tanto de quienes gobiernan como de nosotros, los ciudadanos.

Al final, ser un buen ciudadano no es una idea noble ni un discurso bien intencionado, empieza en lo pequeño, en lo que nadie ve, en lo que no da reconocimiento. El país que anhelamos no depende únicamente de quien gobierna, sino de lo que cada uno de nosotros está dispuesto a hacer, o dejar de hacer; es elegir entre la retórica y los hechos. El cambio no se promete, se practica. Y se practica diariamente con la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.


© El Universal