António Rocha, fado es destino

–¿Conoces a António Rocha? –le pregunté la noche anterior a la joven fadista Vanessa Santos, después de haberla escuchado cantar en el Bairro Alto de Lisboa. «Lo adoro, es un poeta», me respondió.

Se apagan las luces, avisando que están listos los fadistas en O Faia, casa de fado desde 1947 –sólo velas sobre las mesas iluminan la pequeña concha acústica. Escoltadas por los acordes titilantes de la guitarra española, las doce cuerdas de la guitarra portuguesa gimen rompiendo silencios que cada cual trae adentro, mientras la voz de la primera fadista de la noche toma las almas por asalto. El fado, ese ungüento de desposeídos, marineros, rufianes y bohemios de barrio porteño pronto empapa el aire de nostalgia, melancolía y fatalismo.

Conversamos antes de que salga a escena.

–¿Eres poeta o eres fadista? «Soy las dos cosas, escribo poemas para cantar. El fado le canta al mar y al río, a la vida, a amores y desamores, a alegrías y tristezas. El fado le canta a todo, es algo sencillo con el que no buscas nada. Si no hubiera sido fadista no sé qué otra cosa habría sido, no sé hacer otra cosa. El fado es la vida para mí. Cuando tenía 13 años pasé por un pequeño restaurante y unas personas me preguntaron: ‘¿Vas a cantar?’. Y yo fui a cantar, y no he parado».

–¿Y la voz? «El tiempo pasa y siento diferencia en mi voz, no puedo hacer lo que antes hacía. Pero lo que se pierde en brillo, se gana en experiencia, como es natural con todo en la vida. Con la experiencia las cosas van teniendo más sabor. Pero yo soy quien era, siempre el mismo y mientras tenga voz continuaré cantando fado; tal vez no sea mucho tiempo más, pero no lo sabemos».

–Y, ¿qué esperas de la vida? «No espero nada, nunca he esperado nada, jamás he procurado nada. Vivo el día, lo que viene, lo........

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