Mujeres, el centro de la sociedad
“El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños”.
La frase atribuida a Eleanor Roosevelt resuena con especial fuerza cada vez que reflexiono sobre el lugar que ocupamos las mujeres en la historia y sobre la capacidad que hemos tenido para transformar realidades que durante siglos parecían inamovibles.
Y sin embargo, muchas de las historias más poderosas de transformación femenina no ocurren en los grandes escenarios del poder, sino en la vida cotidiana. Allí donde millones de mujeres sostienen hogares, crían hijos, cuidan a otros, trabajan, estudian y aun encuentran fuerzas para soñar con un futuro distinto.
Ocurre que durante demasiado tiempo esas historias fueron invisibles. Las mujeres hemos estado presentes en la construcción de las sociedades, pero rara vez en el centro del relato. Hemos trabajado, cuidado, educado y sostenido comunidades enteras sin que ese aporte fuera plenamente reconocido.
Las transformaciones sociales, sin embargo, nunca han sido obra de una sola generación ni de un solo grupo de mujeres. Se construyen lentamente, cuando quienes han logrado abrir camino comprenden que su mayor responsabilidad es tender la mano a quienes vienen detrás.
Así se construye el cambio, cuando nos reconocemos como parte de una misma historia, el avance deja de ser individual y se convierte en una fuerza colectiva capaz de transformar estructuras.
Nada de esto significa que el camino esté terminado. Los avances de las últimas décadas son innegables, pero conviven todavía con brechas persistentes para las mujeres en el acceso a oportunidades, en la participación en espacios de poder y en el reconocimiento pleno del trabajo que realizamos.
De hecho, uno de los debates más importantes que aún debemos abordar con mayor profundidad es el lugar de la maternidad en la vida social y laboral. Durante mucho tiempo, la maternidad ha sido presentada como una desventaja o como una interrupción en la trayectoria profesional de las mujeres; pero esa mirada revela más sobre las limitaciones de nuestras estructuras sociales que sobre las capacidades femeninas.
Aceptar que la maternidad es parte de la experiencia de muchas mujeres implica preguntarnos cómo queremos construir entornos laborales y sociales que reconozcan esa realidad. ¿Cómo diseñamos instituciones que comprendan las necesidades de las mujeres gestantes, lactantes y cuidadoras? ¿Cómo construimos sociedades capaces de integrar la vida familiar y la vida laboral sin obligar a las mujeres a elegir entre ambas?
El 8 de marzo, y en general todo este mes, no es una fecha para la complacencia ni para la retórica vacía. Es una invitación a reflexionar con honestidad sobre el camino recorrido y sobre el que aún tenemos por delante.
Durante décadas, las mujeres hemos ampliado nuestra presencia en espacios que históricamente nos fueron negados. Hoy investigamos, gobernamos, enseñamos, emprendemos, escribimos, lideramos organizaciones y participamos activamente en la construcción de políticas públicas. La evidencia demuestra, cada día con mayor claridad, que el talento, la inteligencia y la capacidad de liderazgo no tienen género.
Pero también es fundamental comprender que la construcción de una sociedad más igualitaria no puede ni debe ser una lucha exclusiva de las mujeres. No luchamos contra los hombres. Luchamos junto a ellos por una sociedad más justa.
Como madres, educadoras y formadoras de nuevas generaciones, tenemos además una responsabilidad profunda: contribuir a formar hombres capaces de comprender la igualdad no como una amenaza, sino como un principio de justicia. Hombres que acompañen esta transformación hombro a hombro, conscientes de que una sociedad más equitativa beneficia a todos y a todas.
Tal vez por eso el 8 de marzo –se celebró el domingo pasado– también debería ser un día en el que los hombres se sientan convocados a reflexionar sobre su papel en la construcción de relaciones más respetuosas, más solidarias y más equilibradas.
Este año, además, la conmemoración del Día Internacional de la Mujer ha coincidido en Colombia con un momento significativo para la vida democrática del país: se desarrolló una jornada electoral en la que se renovaron las representaciones en el Congreso de la República. Esta coincidencia nos recuerda que la participación política de las mujeres sigue siendo un elemento esencial para fortalecer la democracia.
Cuando las mujeres llegamos al Congreso, a la Cámara de Representantes o a los espacios de decisión pública, no llegamos únicamente como una cifra o como una cuota. Llegamos con experiencias de vida distintas, con prioridades que muchas veces han estado ausentes de las agendas públicas y con una mirada profundamente vinculada al bienestar colectivo.
Las mujeres construimos país desde múltiples escenarios: desde la ciencia, desde la educación, desde el liderazgo comunitario, desde la política y desde el trabajo cotidiano que sostiene a millones de familias.
El desafío de nuestro tiempo ya no es demostrar que las mujeres podemos liderar, gobernar, investigar o transformar territorios. La evidencia está ahí, visible en cada espacio que hemos conquistado.
El verdadero desafío es construir sociedades que dejen de poner obstáculos innecesarios al talento, la inteligencia y la capacidad transformadora de más de la mitad de su población.
Porque cuando las mujeres avanzamos, no avanzamos solas, avanza la sociedad entera.
