Un 9 de abril de 2026 |
Me desplacé hacia la capital con el corazón dispuesto a continuar trabajando por la paz y la reconciliación de mi país. Con un optimismo que muchos me han señalado de ridículo e ignorante, pero al que no pienso renunciar por la fe que mi alma profesa. Inicié la jornada en un intercambio de experiencias sobre iniciativas de memoria histórica con miras a identificar avances concretos y desafíos para implementar sus proyectos, los cuales tienen un fuerte componente pedagógico para la apropiación social del legado de la CEV. Pronto se me informó que una de las madres de las escuelas itinerantes “No más hijos para la guerra” no podría llegar. ¿La razón?, su sobrino no aparece y todo indica que podría tratarse de un nuevo caso de reclutamiento forzado. Las organizaciones compartieron diversas dificultades en el territorio, la más grave: hablar de paz las convierte en enemigas de los actores del conflicto ¿Cómo construir memoria en medio del conflicto? En el Congreso de la República se llevó a cabo sesión especial (Senado y Cámara) para conmemorar el día de las víctimas y el resultado fue desolador. Las víctimas de las Farc, de los paramilitares, de agentes del Estado, del narcotráfico, entre otros actores, son un grupo heterogéneo pero padece un mismo fenómeno estructural: la revictimización constante. A medida que las víctimas exponían sus dolores, resistencias y anhelos, el recinto del Capitolio se fue quedando vacío. Así que con la presencia de solo 19 representantes y 8 senadores debió suspenderse la sesión por falta de quorum. “(…) Mucha tristeza y me da mucho dolor que son más las sillas vacías que las personas que hay en el Congreso”, se oyó decir a Margarita Restrepo. Horas más tarde, en el auditorio Jorge Eliécer Gaitán, esas mismas víctimas fueron escuchadas, contenidas y exaltadas por el CNMH. Allí, en palabras de María Gaitán, se reconocieron sus años de búsqueda, de dignidad defendida y de memoria custodiada incluso en medio del silencio. Se vivió un momento que no cerró trayectorias, sino que iluminó una ruta que sigue viva: la de quienes han resistido al olvido y han sostenido la verdad para no perder el rumbo de nuestra historia. En ese espacio, la memoria se reconoció como lo que es: una construcción colectiva, frágil y necesaria, que solo permanece encendida gracias a quienes se niegan a dejarla apagar. Que con el calor del fogón del Ubuntu, la sanación de los saberes ancestrales y las voces de las cantaoras del Pacífico, abracemos la memoria no solo como pasado sino como responsabilidad del presente. Que escuchar a las víctimas no sea un gesto simbólico o protocolario de un día, sino un compromiso honesto y cotidiano de país.