El mismo viaje, otro país |
China ha alcanzado a Estados Unidos en energías alternativas, construcción naval, inteligencia artificial e investigación científica de punta —y en ocasiones lo ha superado—. Lo que hizo posible ese ascenso fue una confluencia singular de condiciones históricas — capacidad estatal, ethos educativo, identidad colectiva y pragmatismo radical — con una coyuntura histórica igualmente poderosa: la humillación de las guerras del opio y el despedazamiento colonial como motor, la globalización como oportunidad y el Partido Comunista de China (PCCh) como instrumento de conducción.
El 14 de mayo de 2026 aterriza Donald Trump en Beijín para su segunda visita de Estado. En la primera, recién llegado al poder en 2017, China era vista como una gigantesca fábrica global: tecnológicamente dependiente del saber hacer occidental, claramente inferior en lo militar, en crecimiento económico pero aún lejos de una paridad. La agenda de la cumbre refleja ese desplazamiento: Trump llega con exigencias — acceso a tierras raras, fin del flujo de precursores de fentanilo, más cuota de mercado para exportadores estadounidenses. Xi Jinping lo recibe también con exigencias — contención en los envíos de armas a Taiwán, flexibilización de los controles de exportación de semiconductores, reconocimiento de China como potencia en igualdad de condiciones.
Las razones del éxito
Factores históricos: la humillación, el retorno y el Estado competente
Entre 1839 y 1949 — desde la primera guerra del opio hasta la fundación de la República Popular — China fue humillada, ocupada, saqueada y desmembrada por potencias occidentales y Japón. Los chinos llaman a ese período el Siglo de la Humillación — un trauma colectivo vivo que convierte el ascenso en obligación moral, no en proyecto político.
Volar alto, pero no solos
La sinóloga vienesa Susanne Weigelin-Schwiedrzik propone una corrección decisiva al término “ascenso”: China no asciende — regresa. Durante siglos, el Imperio del Centro fue la potencia dominante del mundo; el período colonial fue la excepción, no la norma. Beijín no se percibe como retador del orden occidental, sino como restaurador de un orden que considera legítimamente suyo.
China lleva dos milenios — desde la dinastía Han — construyendo un Estado burocrático y altamente competente. El pensamiento confuciano ve al gobernante como administrador del bien común, que pierde su mandato si falla. Beijín instrumentaliza también la figura del almirante Zheng He, quien entre 1405 y 1433 recorrió Asia y África con 300 naves sin fundar colonias, solo redes de tributo y comercio — un relato que resuena en el Sur Global, donde la herencia colonial occidental cala más hondo que cualquier legado chino.
Pragmatismo radical sin trascendencia
China no tuvo una religión monoteísta que juzgue el mundo terrenal según criterios del más allá. El confucianismo, el taoísmo y el budismo chino están orientados hacia esta vida — armonía y orden en este mundo, no salvación en otro. Tras la muerte de Mao en 1976, fue Deng Xiaoping quien impulsó el renacer de China con un programa explícitamente pragmático, que subordinó las pretensiones ideológicas del marxismo a la supervivencia económica del partido. Su célebre frase “No importa el color del gato con tal de que cace ratones” no fue solo realpolitik — es herencia cultural.
La política de apertura de Deng fue una secuencia deliberada: absorber capital y conocimiento occidental — sustituir en sectores estratégicos — luego dominar. Mientras en Estados Unidos las........