Lo que debemos exigir |
En la columna anterior formulé una pregunta incómoda: ¿por qué hemos aceptado que quien ejerce el poder político mejore su vida material? Pensaríamos que la inquietud que provoca proviene de su complejidad; pero diría, más bien, que proviene de la cercanía, porque está de frente a lo que hemos decidido no mirar con detenimiento. Porque no prestamos atención a la idea de que el poder público es una delegación —y no una propiedad—, y considerar, como desenlace inevitable, que ejercerlo no debería traducirse en ningún tipo de beneficio personal. En sentido estricto parece sonar radical o excesivo, incluso absurdo. Por eso me veo en la obligación de precisar que no se trata de exigir pobreza ni de idealizar el sacrificio como espectáculo, ya que se trata de algo más sobrio y, a la vez, más........