Muñoz, el gallero |
Aseguraba que sería inmortal. Que la muerte no era lo suyo. Que las mujeres que pechichaba se quedarían huérfanas de afecto. Había superado sin mayores obstáculos los 90 y veía próxima la meta de su primer siglo. “Para allá voy, derechito y suelto de madrina, disfrutando esta vida como Dios manda”, decía. No le alcanzaron las fuerzas. Se desvaneció una madrugada en su tibia hamaca de lampazos, en la que había hecho feliz a muchas de sus amantes furtivas.
Nunca iba a una cita sin tener buenos pesos en los bolsillos. Aunque no los necesitara, más allá de su picardía. Ellas no le exigían. Solo........