Cavilando
Están sentados en taburetes de cuero recio, bajo la sombra dulce de un matarratón florecido. Son las seis de la tarde y la brisa suave del verano acaricia sus rostros entrados en años. Toman café cerrero con un toque de toronjil y canela, de forma pausada y tranquila. Dejaron de verse desde los agitados años de universidad, medio siglo atrás. Desde entonces cogieron rumbos diferentes, pero nunca perdieron la comunicación manuscrita, el hilo telefónico, los mensajes llevados por otros conocidos. Sus bríos de librepensadores están intactos. Su refugio sigue siendo la lectura. El escepticismo y algo de estoicismo les marcó el camino.
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