La tienda de Toño

Hay lugares que son como portales, no se visitan: se atraviesan. La tienda de Toño era uno de ellos. Bastaba entrar allí para que el tiempo cediera, y la infancia —esa que creemos superada— volviera a respirarse. Y me veo allí, empinada, con la barbilla puesta sobre el mostrador pensando qué iba a pedir. Y, por supuesto, Toño siempre ahí: saludando a todos por su nombre con una sonrisa inquebrantable, destapando chichas (que no eran chichas sino jugo de maíz), con la promesa que eran la clave para tener un día feliz. Bastaba verlos a todos aglutinados, esperando turno con sus miradas ansiosas, mientras Toño agitaba la chicha dándole golpecitos al fondo de la botella.

Él se movía como un pulpo: sacaba empanadas triangulares........

© El Universal