Ser constructores de paz

En esta vida, todo tiene sanación, si cultivamos la cordialidad; que radica en amar sin medida ni correspondencia. De ahí, lo importante que es generar climas de concordia, hacer familia y sentirse rama entre semejantes de un tronco común; porque, hoy como ayer, el mundo anhela también la paz, pero a menudo la buscamos con medios inadecuados, en ocasiones incluso recurriendo a la fuerza del poder.

Vuelva la pasión, en esta Semana Santa, a reconvertirnos y a purificar los empedrados latidos. No hay mejor terapia que la caricia de una mirada extendida sobre nuestros pasivos cuerpos. Porque los deseos de unión y de unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente. Se siente cada vez más la exigencia anímica de la entrega, para poder sobrellevar el aluvión de cruces que nos remitimos unos a otros.

Desde luego, es cierto que los calvarios no cesan, pero la fuerza reconstituyente del amor siempre revive en nosotros y nos pide afrontarlo todo con paciencia y comprensión. En Jesús resucitado, la vida ha vencido a la muerte. Esta fe pascual alienta y alimenta nuestra esperanza. Ojalá que, bajo estos aires, de la pasión a la gloria; también nosotros, ya seamos creyentes o no, hallemos un tiempo para la reflexión.

La querencia nos enraíza en la comprensión, llevándonos a una valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad; que no está tanto en vivir como en saber hacerlo, sin hacer alarde. Esto nos demanda sentimientos de humildad, destronando de nuestro horizonte la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa estupidez acaba separándonos. Las gentes que se aman respetan el vínculo incondicional y desprecian los intereses mundanos.

El camino correcto pasa por madurar y crecer en el aprecio, sobre todo hacia aquellos que se mueven a nuestro lado. Desmontemos los andares del odio, el rencor y la indiferencia, para que podamos ser instrumentos de reconciliación; y, por ende, medios de apoyo y confianza. En consecuencia, pongamos en nuestro itinerario el peregrinaje de la tristeza al gozo. Hagamos un alto en el camino. Son jornadas para la meditación, días de vivir con sobriedad la pasión y muerte de Jesús, para después celebrar la gloria de la resurrección. Que este espíritu reconcentrado ilumine nuestras mentes, haciéndonos conscientes del valor de toda existencia.

VÍCTOR CORCOBA HERRERO

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