Espóiler
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Esto siguió de largo. No hubo Navidad. No hubo fin de año. No hubo tregua. Porque nuestra política no solo es una guerra de versiones oficiales, sino que es una guerra degradada: una guerra que paga la población civil. El Gobierno, entre el pensamiento mágico y la astucia, aprovechó tanto la oposición mezquina como el aturdimiento de fin de año para pegar su enésimo grito de independencia –su constituyente innecesaria, más su nueva cúpula del ejército que ya para qué, más su salario vital que ojalá salga bien, más su UPC que va a obligar a todo el mundo a gastar más en salud– que es un grito de guerra porque se da desde el poder y vuelve enemigo a cualquiera que pregunte por qué: a las magistrados que cuestionen los decretos y a los congresistas que se atrevan a recordar que solo han detenido las leyes que han visto torcidas. Qué peligrosa y qué vieja es esa capacidad para bocetear enemigos: los enemigos son abstracciones –las EPS, el Banco de la República, la Registraduría, los medios hegemónicos, los empresarios, los........
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