La integridad no se predica: se diseña |
En estos días de Semana Santa bajamos el ritmo, hablamos de coherencia, de hacer lo correcto, de vivir de otra manera. Por unos días, la conversación –pública y privada– se vuelve más exigente con nosotros mismos. Pero esa exigencia, que tiene sentido en lo personal, no siempre funciona igual en lo público.
Hablamos de integridad como si fuera una virtud individual, como si bastara con elegir bien todos los días para que lo público funcionara mejor. Pero en el Estado, la integridad no se declara, también se diseña. Y cuando el diseño falla, no hay cómo sostenerla.
Colombia no carece de normas ni de instituciones, ni siquiera de ciudadanos dispuestos a participar. Lo que nos falta –y cada vez se hace más evidente– es un sistema que conecte la gestión de manera inteligente, que haga difícil actuar mal y fácil actuar bien. Un sistema que no dependa de héroes, sino de reglas, datos y decisiones oportunas.
Los ejemplos están a la vista, y no son abstractos.
El primero, la integridad institucional, esa que no se mide por discursos, sino por la capacidad de resistir presiones. El Banco de la República ha sido, durante décadas, un referente de independencia técnica. En momentos recientes, cuando la inflación obligó a tomar decisiones impopulares, su junta mantuvo una línea técnica a pesar de cuestionamientos políticos. Ese es, justamente, el punto: la integridad no se prueba cuando todo está en calma, sino cuando decir “no” tiene costo.
El segundo, el control social, que hoy atraviesa una transformación. La ciudadanía participa más, opina, cuestiona, exige. Pero lo hace, muchas veces, desde información incompleta o falsa. En debates recientes sobre reformas estructurales, han circulado cifras erróneas, textos manipulados y narrativas diseñadas para activar emociones más que para informar. El resultado es paradójico, hay más participación, pero no necesariamente más control. Porque sin información confiable, el control social deja de ser vigilancia y se convierte en amplificación del error.
El tercero evidencia una falla más profunda; no la ausencia de controles, sino su fragmentación. El caso de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres mostró cómo, aun existiendo múltiples órganos de control, los problemas pueden crecer sin ser detectados ni corregidos a tiempo.
El cuarto es un problema de oportunidad perdida. Contamos con herramientas como Secop, que permiten acceder a información detallada sobre la contratación pública. Los datos están ahí, disponibles, abiertos. Pero seguimos usándolos de manera pasiva. No hemos dado el salto hacia un control inteligente que cruce información, identifique patrones, anticipe riesgos y permita intervenir antes de que ocurra el daño. Seguimos auditando el pasado, cuando ya deberíamos estar previniendo el futuro.
Un sistema que permite que la información se distorsione, que reacciona tarde frente a la corrupción y que no protege la independencia institucional es un sistema que facilita que las cosas salgan mal
Los datos del país refuerzan esta sensación de avance sin transformación. La pobreza ha disminuido y se ubica alrededor del 31,8 %, el desempleo ha regresado a niveles cercanos al 8,3 %, y la economía crece, aunque de manera modesta, en torno al 2,6 %. Son cifras que muestran cierta recuperación. Pero, al mismo tiempo, la informalidad se mantiene por encima del 55 %, similar a hace una década; la deuda pública ronda el 60 % del PIB y limita el margen de acción del Estado. El asunto es que la mejora es marginal, mientras lo estructural permanece intacto, como siempre.
Y ahí es donde la integridad deja de ser un asunto moral y se convierte en un problema de diseño. Porque un sistema que permite que la información se distorsione, que reacciona tarde frente a la corrupción, que no protege del todo la independencia institucional y que no utiliza inteligentemente sus propios datos es un sistema que, sin proponérselo, facilita que las cosas salgan mal. Necesitamos sistemas que no dependan de la voluntad de unos pocos, sino de reglas claras, controles inteligentes y decisiones capaces de anticiparse, en lugar de llegar siempre un poco tarde.
PATRICIA RINCÓN MAZO
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