Me llamaba la atención su belleza imperfecta, esos dientes separados, los ojos gatunos, la cabellera salvaje. Para mí, Brigitte Bardot se salía de la caja. Porque las mujeres de aquella época, de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, parecían todas peinadas como Vilma, la de los Picapiedra. Eran mujeres de sastre, collares de perlas, faldas debajo de la rodilla, sonrientes, tiesas, posando junto a un pastel de manzana, a una nueva lavadora, a un bebé de brazos. Porque esa época fue un grito de liberación para muchos, pero fue también la consolidación de un ‘statu quo’. Por aquel entonces comenzaba a nacer la ya gastada, luego obsoleta, y después vuelta a renacer idea de la familia feliz. La del sueño americano que incluía una casa con jardín, un marido que sale temprano a trabajar, dos niños que comen cereal y llevan pantalón corto y, lo más importante, una esposa dedicada al cuidado del hogar. Es en medio de ese contexto cuando aparece el ícono erótico, el símbolo de la emancipación sexual, la escandalosa, la salvaje........
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