Un himno a la vida
“Siempre dejo puesta la mesa del desayuno la noche anterior. Coloco las tazas, los platos, los cubiertos y las servilletas, y después la miel y los botes de mermelada. Es como saltarme la noche, que siempre temo, y decretar la armonía del día siguiente”.
Confieso que lo abrí con temor, como si en vez de un libro tuviera en mis manos un sobre bomba. Pero en lugar de la anunciación del horror, me encontré con esta apertura, poética y cotidiana. Para Gisèle Pelicot, esa promesa de un nuevo mañana es un anhelo que viene de lo más profundo de su naturaleza. A pesar de haber tenido una infancia dura, pobre y con eventos traumáticos, como los tuvo su pareja durante medio siglo, Dominique Pelicot, la autora de ‘Un himno a la vida’ es una mujer nacida para apostarle a la vida.
Es así como el texto comienza contándonos su larga historia de amor con quien fue su amante, su cómplice y su medicina. Lejos de la truculencia de una vida sórdida y violenta, este matrimonio que consolidó su vida en París y tuvo tres hijos, más que una vida normal, parecía ser una familia feliz.
Cuando se jubilan compran una casita amarilla de persianas azules en el sur de Francia con piscina y jardín a donde sus hijos y sus nietos vendrían a pasar los veranos en familia. Duran diez años en este aparente idilio.
Pero un buen día Gisèle recibe una llamada donde le dicen que en el teléfono de su esposo (decomisado en un supermercado cuando lo encuentran grabando a unas menores) han encontrado material pornográfico. La citan a la comisaría del pueblo. Y estalla una bomba que ya todos conocemos: 53 hombres, entre ellos su marido, la habían violado en su propia cama a lo largo de una década mientras Dominique la mantenía sedada.
A sus sesenta y ocho años, Pelicot sacó todos sus bienes en venta y abandonó el que fuera hasta poco antes de eso su hogar cerca de Aviñón. A esta pesadilla habría de seguirle la de enfrentar a los hijos, a los nietos, luego a la familia extendida, a la prensa, al mundo entero.
Ante el clamor de los medios, los reclamos de familiares, las dudas, las sospechas de qué le hizo el detenido a su hija, si agredió a sus nietos, o si cometió otros crímenes fuera del hogar, Gisèle entendió que su voz pasaría a ser una más entre muchas otras. El clamor general habría de referirse a su exesposo como monstruo, predador, ante lo cual ella insiste, una y otra vez, “yo no me casé con un torturador”. Entonces se niega a asumir el relato único de su marido, con el coraje de aceptar que estuvo casada con dos personas.
A la manera de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Dominique Pelicot fue un personaje escindido, una bestia de noche que en el día era un buen compañero. Gisèle también puso en evidencia hasta dónde nos cuesta en esta sociedad aceptar la ambigüedad de un relato complejo como el suyo, uno donde incluso el peor predador sexual de la historia reciente tiene un rostro benévolo.
Como si la proeza de poner la cara y contar la historia en sus propios términos y con su voz no fuese suficiente, Gisèle Pelicot solicitó que el juicio fuese público acuñando la frase que ha de pasar a la historia: “La vergüenza debe cambiar de bando”. Y esto porque entendió que no era ella quien debía sentirse intimidada frente a los 53 acusados mirándola con descaro en un proceso a puerta cerrada. Eran ellos quienes debían sentirse observados, desenmascarados.
Y así fue como el juzgado se convirtió en un punto de reunión para el dolor y en la dirección postal a donde nuestra heroína empezó a recibir cartas de mujeres provenientes de todas partes. Porque cuando entendemos que no estamos solas es cuando conseguimos sanar las viejas heridas que llevamos dentro. Esto lo entendió una abuela en el sur de Francia y lo tradujo en un mensaje tan honesto como esperanzador. Leer sus memorias es ya una manera de celebrar la vida.
MELBA ESCOBAR
En X: @melbaes
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