Las emociones que mueve el debate electoral

Votar no es un ejercicio puramente racional; es, sobre todo, una respuesta a lo que sentimos frente al país que vivimos y a lo que tememos y anhelamos. Entender una elección exige leer a qué emociones apelan y por qué. Todas las campañas buscan lo mismo: tocar fibras específicas del ánimo colectivo y convertirlas en decisión.

(Le puede interesar: Los límites de lo posible).

Hoy en Colombia los candidatos compiten por conectar con el sentir nacional, y esa disputa se juega entre tres emociones: miedo, rabia e indignación.

El miedo nace de la sensación de amenaza: algo puede perderse —la seguridad, la salud, la estabilidad, las reglas de juego—, y eso activa una necesidad inmediata de protección. No invita a deliberar, invita a resguardarse. En contextos de alta incertidumbre —como el actual—, el miedo puede ser una emoción poderosa para movilizar votantes, incluso más en la segunda vuelta que en la primera.

La rabia y la indignación, en cambio, son emociones de ruptura. Surgen ante una frustración acumulada y, a diferencia del miedo —que busca conservar y proteger—, empujan a reaccionar: confrontar, señalar y romper.

La rabia es la respuesta visceral frente a lo que no funciona, a lo que se percibe como injusto o abusivo, a la sensación de haber llegado al límite. No necesita demasiada elaboración. No es reflexiva ni busca entender. Se siente antes de pensarse. Es contagiosa. Aunque conecta rápido y moviliza con intensidad, difícilmente logra sostener un proyecto común en el tiempo.

La indignación se parece a la rabia en su intensidad, pero es distinta en su naturaleza. No es solo emoción, es juicio moral. Surge a partir de una percepción de injusticia; cuando una parte de la sociedad concluye que algo es inaceptable. Mientras la rabia estalla, la indignación argumenta. Busca corregir, exigir y transformar. Se expresa en la denuncia, en la apelación a derechos y en narrativas de abuso acumulado. Es una emoción más estructurada, capaz de organizar causas, construir relatos e identidad colectiva y sostener movilización en el tiempo.

Las tres campañas se mueven sobre emociones reactivas. El miedo protege, la rabia descarga, la indignación busca hacer justicia. Pero ninguna, por sí sola, construye futuro.

En ese mapa emocional, cada candidatura escoge dónde pararse. Paloma Valencia apela al miedo y a la promesa de orden que lo acompaña. Su narrativa parte de una percepción de desbordamiento: inseguridad, fragilidad institucional, pérdida de control. Su propuesta emocional es nítida: firmeza y orden. Conecta con una inquietud real, pero corre el riesgo de quedarse en la contención más que en proponer un horizonte de avance. Riesgo que ella está mitigando, apelando a la esperanza al plantear un país en el que todos cabemos.

Abelardo de la Espriella apuesta por la rabia. Su tono es de confrontación directa y canaliza la frustración acumulada en una demanda de castigo. Es muy efectivo en los símbolos que utiliza. Su límite es claro: es fácil de encender, pero difícil de ampliar, y más difícil aún de sostener en el tiempo.

Por su parte, Iván Cepeda apela a la indignación. Su discurso busca mostrar que hay deudas históricas e inequidades estructurales, y señala responsables. Su fuerza está en esa capacidad de nombrar lo inaceptable y de ponerle rostro humano al dolor. Su límite aparece cuando esa indignación no logra responder a otra ansiedad muy presente en el país: la necesidad de sentirnos protegidos.

Las tres campañas se mueven sobre emociones reactivas. El miedo protege, la rabia descarga, la indignación busca hacer justicia. Pero ninguna, por sí sola, construye futuro. Y ahí está el vacío de esta elección: la ausencia de una esperanza creíble, que no suene ingenua ni oportunista.

Colombia, más que elegir entre miedo, rabia o indignación, necesita que alguien le demuestre que puede vivir mejor sin ellas.

(Lea todas las columnas de Juliana Mejía en EL TIEMPO, aquí)


© El Tiempo