¡Qué vergüenza! |
La condena a Leonidas Bustos, expresidente de la Corte Suprema de Justicia, a diez años de prisión por su participación en el ‘cartel de la toga’ no es una noticia más. Es una cicatriz del Poder Judicial. Un punto de quiebre que deja al descubierto hasta dónde puede llegar la degradación cuando el poder se separa de la ética y cuando la autoridad cree que la ley es un instrumento para administrar favores y no para impartir justicia. Que quien presidió el máximo tribunal de este país haya sido condenado por concierto para delinquir y cohecho no es una anécdota penal: es la constatación de que la justicia también puede corromperse desde su cúspide.
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Lo que ocurrió fue brutal. Magistrados que terminaron negociando decisiones judiciales. Procesos que avanzaban, se congelaban o se enterraban según el tamaño del soborno. La justicia –símbolo de independencia, sobriedad y rectitud– reducida a mercancía.........