Petro en su laberinto |
Como a Gustavo Petro le gusta citar Cien años de soledad, en particular por el último Aureliano —como alimento egocéntrico y evocación de su alias en el M-19—, habría que recomendarle la lectura de El general en su laberinto. En esa novela, García Márquez retrata los últimos días de Simón Bolívar: un Libertador solo, enfermo, desilusionado y distante de su imagen gloriosa.
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En su caso, Petro llega al ocaso de su presidencia agobiado por una multiplicidad de problemas, todos delicados, donde la corrupción ha sido la “tuberculosis” de su mandato. Paradójicamente, quien prometió un “cambio” para erradicarla termina embadurnado en ella hasta los tuétanos. Atrapado por mafias —unas que lo ayudaron a elegir y otras incrustadas en su gobierno—, permitió una rapiña desbordada del presupuesto y la burocracia, en un festín voraz que ha lacerado al Estado en menos de cuatro años.
Inició con un equipo de ministros que combinaba experiencia y tecnocracia, pero pronto lo sustituyó por activistas sin preparación administrativa, ávidos de capturar los recursos públicos. En entidades claves como el Dapre, la UNP, la DNI, la UNGRD e incluso el Ministerio de Hacienda, ubicó a su círculo de confianza del M-19, hoy protagonista de grandes escándalos. A ello se suman episodios personales repugnantes y otros delicados que comprometen a su entorno familiar más cercano.
Mientras destruyó el sistema de salud y erosionó la economía, la seguridad del país atraviesa uno de sus momentos más críticos de la historia. En paralelo, ha arremetido con fiereza contra el Congreso, la justicia, el Banco de la República, el sistema electoral, los organismos de control, la prensa, los gremios y la oposición.
Petro sabe que un eventual gobierno de Abelardo o de Paloma destaparía lo que falta por conocer y judicializaría todo lo ocurrido.
Su ‘paz total’ derivó en el fortalecimiento de los grupos criminales de todos los pelambres. Apostó a que decenas de “gestores de paz”, cabecillas de organizaciones ilegales, le serían útiles políticamente, ignorando que su lealtad está con el narcotráfico. Algunos, por afinidad, podrían respaldar a Cepeda; no por gratitud con Petro. Algo similar ocurre con sectores directivos indígenas: beneficiarios de un trato presupuestal excepcional, pero históricamente orientados por sus propios intereses. Para ellos, Petro es apenas “uno más”.
Hoy, a semanas de dejar la presidencia, el otrora “poderoso” cuenta con muy pocos amigos genuinos. Muchos de quienes lo rodean son leales al cargo, mas no a él. Otros permanecen allí por conveniencia o por secretos que aún resguardan; pero, cuando pierdan sus privilegios y enfrenten la justicia, emergerán nuevos escándalos. Los ya judicializados no tendrán alternativa distinta a colaborar y hundir a quien sea necesario, incluso a Petro.
En el ámbito internacional, su situación tampoco es favorable. El presidente Donald Trump lo clasificó como “líder del narcotráfico” y lo mantiene en ‘Lista Clinton’; su cercanía con el régimen de Maduro y la expansión del narcotráfico en Colombia durante su cuatrienio configuran un panorama incierto para su futuro como expresidente.
Petro está en su propio laberinto. Sabe que un eventual gobierno de Abelardo o de Paloma destaparía lo que aún falta por conocer y judicializaría todo lo ocurrido. Pero también debe intuir que, si Cepeda llegara al poder, tampoco tendría garantías: con él no habría lealtades. Tarde o temprano, lo relegaría al frío ostracismo. Irónicamente, ni siquiera su propio candidato le ofrecería salvación.
De ahí su encrucijada. No puede perpetuarse —aunque su anhelo sea evidente— porque las profundas raíces institucionales se lo impiden; y teme lo que vendrá cuando deje el poder. La historia será implacable y le pasará factura. Al final, su Aureliano se desvanecerá y su ‘Macondo’ quedará devastado por la crudeza del propio “cambio” que arrasó con todo.
@ernestomaciast
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