Incertidumbre aérea |
A lo largo de los días pasados han aumentado las expresiones de preocupación provenientes de las compañías aéreas que operan en Colombia, por una aparente intención gubernamental de introducir modificaciones a las reglas de juego vigentes. El asunto en cuestión tiene que ver con la asignación de las franjas horarias de despegue y aterrizaje en el aeropuerto El Dorado, conocidas en el argot del gremio como slots.
Dichos cupos son los que permiten ordenar la operación en las terminales altamente congestionadas (unas 300 en los cinco continentes), como es la que le presta sus servicios a Bogotá. Dada la alta demanda por aquellos espacios temporales en los cuales la gente quiere viajar o llegar –usualmente al comenzar la mañana y finalizar la tarde–, cada vuelo posible tiene su turno.
La práctica, usual en el mundo, es que esa cantidad finita de slots tiende a concentrarse en las compañías que llegaron primero, siempre y cuando estos sean usados de manera recurrente. Puesto de otro modo, la línea de corte es una utilización de al menos el 80 por ciento de la franja establecida, lo cual deja cierto margen para los imprevistos.
Si bien eso les puede hacer más desafiante a los nuevos abrirse campo, el método es el que aplica entre los afiliados a la Iata, el gremio internacional del ramo que ha servido para que en esta materia se hable en el planeta un lenguaje común. Ese elemento de certidumbre ha posibilitado que el tráfico de pasajeros y carga siga al alza.
Para colmo de males, las señales provenientes de la Aeronáutica Civil son inquietantes: su capacidad técnica parece ir en reversa.
Claramente, Colombia ha podido beneficiarse de esa realidad. Sobre todo en lo que va del presente siglo se han alcanzado cifras que parecían impensables. Tanto la combinación de nuestra ubicación geográfica y la existencia de múltiples centros urbanos como el auge del turismo local y extranjero, la aparición del modelo de bajo costo que ha abaratado el precio de los tiquetes y las mejoras en equipos han llevado a que cada vez más personas vuelen.
De regreso a El Dorado, que el año pasado vio pasar por sus instalaciones a más de 45 millones de viajeros, la transformación es inmensa. Y lo que viene es todavía más promisorio si se concretan los planes de expansión que aumentarían la capacidad de la terminal a 75 millones anuales. Ante esa promesa, abrirle la puerta a una eventual reasignación de slots para introducir criterios cuestionables sería un error mayúsculo. Debido a ello, las principales aerolíneas nacionales y extranjeras han puesto el grito en el cielo, además de la Iata.
Para colmo de males, las señales provenientes de la Aeronáutica Civil, cuya capacidad técnica parece ir en reversa, son inquietantes. En lugar de hacer bien lo que le corresponde, comenzando por arreglar un radar de tierra y las luces que le permitirían a El Dorado operar en condiciones mínimas de visibilidad, la entidad abre una caja de Pandora.
Mientras eso ocurre, aumentan los incidentes con potencial pérdida de vidas, como el del helicóptero militar que se cruzó en la trayectoria de un avión comercial que despegaba. Corregir las falencias, realizar las inversiones que faltan y actuar con profesionalismo es lo que le corresponde a una entidad que amenaza con crear problemas donde no los había.