menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Daño colateral

7 0
26.03.2026

Las consecuencias de las guerras –que son numerosas y dolorosas– se tasan, ante todo, en el sufrimiento de los implicados: en muertos, heridos y familias devastadas por las balas y las bombas. Pero los grandes conflictos producen otras repercusiones también, que se expresan mucho más allá del campo de batalla, en especial en un mundo globalizado en el que los mercados sirven de correa de transmisión de fenómenos lejanos.

En el caso de la guerra que Estados Unidos e Israel libran contra Irán, la primera consecuencia de este tipo que se observa incide, como es lógico, en el precio de la energía. El 19 de marzo Irán atacó el puerto catarí de Ras Laffan, la mayor instalación de producción y cargue de gas natural licuado del mundo.

Por otra parte, el bloqueo del estrecho de Ormuz –que Irán utiliza como ficha de negociación– impide el paso de los buques que transportan aproximadamente el 20 por ciento del consumo global de petróleo y gas natural licuado. La consecuente disparada del precio de esos hidrocarburos tiene con los pelos de punta a los mercados energéticos en todo el planeta.

Pero la cadena de costos es muy extensa. La industria de los hidrocarburos produce otras sustancias, además, como el helio y el ácido sulfúrico, que son necesarias para un sinnúmero de procesos industriales. La fabricación de microprocesadores en el este asiático depende del gas y el helio del golfo Pérsico, lo que significa que estos dispositivos pueden escasear, en pleno pico de demanda por el auge de la inteligencia artificial. También pueden verse afectados sectores inesperados, como la medicina. Los equipos de resonancia magnética, por ejemplo, necesitan helio para funcionar.

La comunidad internacional debe tomar medidas para evitar graves desenlaces, sobre todo en materia alimentaria.

El impacto más angustiante, sin embargo, es en la elaboración de fertilizantes. El 30 por ciento del amoniaco y el 49 por ciento de la urea que se transan en el mercado provienen de esta región. Sin esas materias primas es imposible satisfacer la demanda de abono sintético, con el que se produce la mitad de la comida del mundo. El daño que produciría un colapso en la disponibilidad de fertilizantes no es subsanable. Una vez pasa la ventana de cuatro semanas para fertilizar la siembra en el hemisferio norte –actualmente en curso–, es demasiado tarde. Si no se hace algo muy rápido, se reducirá inevitablemente la cosecha de cultivos estratégicos, como el maíz.

De hecho, en países con poca seguridad alimentaria, como Kenia, los agricultores ya están enfrentando dificultades. Y los incrementos drásticos de los costos de alimentos –señala el Financial Times– están correlacionados con inestabilidad social en Estados frágiles, por lo que la guerra puede tener consecuencias políticas incluso en países no involucrados.

En otras palabras, las hostilidades en Oriente Medio pueden ocasionar hambrunas, conflictos internos y traumatismos económicos en muchas otras partes del mundo. Lo deseable es que descansen los misiles. Mientras tanto, le compete a toda la comunidad internacional tomar medidas inmediatas para evitar estos desenlaces. En materia alimentaria, sobre todo, no hay nada de tiempo que perder.

editorial@eltiempo.com


© El Tiempo