Nuestro principal enemigo: la desconfianza. Y luego, el Estado

Tuve la oportunidad de asistir recientemente al Congreso de Asobancaria Camp, un encuentro en el que se dieron cita algunos de los principales jugadores del sector de servicios financieros y medios de pago en Colombia. Para alguien como yo, que no vive inmerso en ese ecosistema, fue la oportunidad de asomarme a un universo que suele pasar inadvertido para buena parte de la opinión pública, pero que resulta absolutamente vital para el funcionamiento del engranaje económico del país. Si algo quedó claro durante los dos días del evento es que detrás de cada transacción, cada crédito y cada innovación digital hay un sector que está redefiniendo silenciosamente la manera como funciona nuestra economía.

El congreso reunió más de veinte paneles y conversaciones que abordaron desde la transformación tecnológica del sistema financiero hasta los retos regulatorios y de talento que enfrentamos. El fundador de Waze, Uri Levine, y la presidenta del Consejo Privado de Competitividad, Ana Fernanda Maiguashca, presentaron dos miradas distintas sobre la realidad económica y empresarial de Colombia.

Levine ofreció una lectura optimista. Destacó el ambiente emprendedor que ha venido tomando fuerza en el país durante los últimos años. Según su visión, Colombia cuenta con un ecosistema que empieza a madurar, con talento creativo, una creciente adopción tecnológica y un mercado que, pese a sus dificultades, ofrece oportunidades para quienes están dispuestos a innovar.

Maiguashca, en cambio, planteó una reflexión más incómoda, pero necesaria. Señaló que a los colombianos todavía nos falta mucho para dar el salto hacia economías más competitivas. ¿Las razones? Somos una sociedad profundamente desconfiada, lo que dificulta la construcción de alianzas y el trabajo colectivo. Nos cuesta trabajar en equipo y, además, existe una cultura que le huye al endeudamiento productivo, un instrumento que en muchas economías dinámicas funciona como motor de crecimiento.

A esa lista se sumó un punto que también señalaron varios de los presidentes de los neobancos presentes en el evento: el Estado continúa imponiendo barreras regulatorias que dificultan el desarrollo de un ecosistema que, por naturaleza, necesita experimentar, asumir riesgos y probar nuevos modelos de negocio.

Detrás de cada transacción, cada crédito y cada innovación digital hay un sector que está redefiniendo silenciosamente la manera como funciona nuestra economía

Nada de esto significa que Colombia esté condenada al rezago. De hecho, el propio presidente de Asobancaria, Jonathan Malagón, fue claro en señalar que el país podría estar mucho más adelante de lo que está hoy. Las condiciones existen. La penetración digital en la vida cotidiana de los colombianos es cada vez mayor, y esa realidad abre una ventana de oportunidad para acelerar el desarrollo del sistema financiero y equipararnos con economías más competitivas a nivel global.

Pero para lograrlo es indispensable entender con honestidad en dónde estamos parados. Es preocupante la escasez de talento en el mercado laboral digital. Las universidades no están graduando profesionales al ritmo que la economía requiere y, para empeorar el panorama, cada año llegan menos estudiantes a las carreras relacionadas con tecnología, ciencia de datos y programación. En un mundo donde la innovación depende cada vez más del capital humano especializado, esta brecha se convierte en un cuello de botella para el crecimiento.

El Camp mostró que el país tiene capacidades reales para competir, pero no obstante esos esfuerzos, aunque valiosos, todavía son insuficientes para transformar el ecosistema a la velocidad que el contexto global exige.

Porque si algo quedó claro en el congreso es que el futuro del país también se está jugando en ese universo que muchos aún ven como lejano: el de la innovación financiera. Y allí, Colombia tiene mucho por ganar si decide tomarse en serio el desafío.

DIEGO SANTOS

Analista digital

En X: @DiegoASantos

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