La política, atrapada en el algoritmo

A la hora en que escribo esta columna, millones de colombianos están saliendo a votar para elegir el próximo Congreso de la República y participar en las consultas que definirán candidatos presidenciales de distintas tendencias. Es uno de esos días en los que la democracia deja de ser un concepto abstracto que pocos entienden y se convierte en un hecho concreto: marcar una equis en un tarjetón.

Ha sido una campaña intensa, profundamente digital y marcada por una conversación política permanente en redes sociales. En medio de ese ruido no puedo dejar de mencionar a Miguel Uribe Turbay, quien murió defendiendo ideas que hoy siguen siendo esenciales: la democracia y la libertad. Recordarlo en medio de esta jornada es también recordar que la política no siempre fue un ejercicio de ‘marketing’ o de posicionamiento en el algoritmo. También ha sido, muchas veces, un acto de convicción.

Pero hablando de lo digital, esta campaña –salvo contadas excepciones– dejó una sensación difícil de ignorar: la política colombiana se ha rendido ante el algoritmo.

Los contenidos de cientos de candidatos al Congreso fueron previsibles, repetitivos y, en muchos casos, francamente mediocres. Videos diseñados para provocar una risa rápida, coreografías improvisadas, chistes fáciles, ocurrencias que duran quince segundos en la pantalla del celular y que no explican absolutamente nada sobre el país que pretenden gobernar.

El humor chabacán, ese que tanto gusta en nuestro ecosistema digital, terminó convirtiéndose en el lenguaje dominante de la política. Todo se vuelve broma. Todo se vuelve meme. Todo se vuelve espectáculo.

Y sí, es cierto: hoy las elecciones se ganan con visibilidad, emoción y tráfico. Se ganan conquistando la atención fugaz de un usuario que desliza el dedo sobre la pantalla. Pero me pregunto si ese modelo de comunicación política –tan eficaz para el algoritmo– es también el correcto para una democracia. Porque mientras algunos acumulaban millones de visualizaciones con ocurrencias virales, candidatos serios y preparados simplemente no existían para el ecosistema digital.

Una candidata como María Clara Posada, rigurosa, profunda y con argumentos, nunca fue viral. Un congresista como Andrés Forero, con trabajo legislativo serio y debates sustantivos, tampoco logró conquistar el algoritmo. Apenas lo logró por el contenido indirecto de un candidato cobarde de Miami.

En cambio, el famoso “Pechy Player” terminó convertido en fenómeno de campaña. Puede provocar risa. Puede parecer una anécdota divertida del folclor electoral colombiano. Pero en realidad revela el nivel tan patético al que hemos reducido el ejercicio de aspirar al Congreso.

Porque ser congresista debería ser una de las responsabilidades más exigentes de la vida pública. Allí se diseñan las reglas que rigen nuestra economía, nuestra institucionalidad y nuestra convivencia. Sin embargo, en el ecosistema digital de esta campaña, muchas veces pareció que el principal mérito para aspirar a ese cargo era simplemente saber hacer un video viral y decir mondá.

Mientras algunos acumulaban millones de visualizaciones con ocurrencias virales, candidatos serios y preparados simplemente no existían para el ecosistema digital

El problema no es el humor. La política siempre ha tenido algo de espectáculo. El problema aparece cuando el espectáculo reemplaza completamente al contenido. Cuando el algoritmo premia la superficialidad y castiga la reflexión.

Pero, al final, esto también es la democracia. No solo el sistema que elegimos para gobernarnos, sino el reflejo incómodo de lo que somos como sociedad: de nuestros gustos, de nuestras prioridades y de la manera en que decidimos informarnos.

Ojalá la jornada haya transcurrido en paz. Y ojalá, cuando pase la fiebre del meme, del ‘hashtag’ y del video viral, el país vuelva a hacerse una pregunta básica pero urgente: si de verdad queremos un Congreso elegido por ideas... o simplemente por algoritmos y pendejadas.

DIEGO A. SANTOS

Analista digital

En X: @DiegoASantos

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