La vida es bella

Su forma de estar en el mundo es distinta. No conocen de rencor ni de odio. Mucho menos de mentira. Desarman con su franqueza y se relacionan con los demás sin hacer distinciones de clase, raza, edad o género. Reparten abrazos a todos por igual, sonríen con los ojos, y si algo no les gusta lo dejan saber muy claro, porque no esconden lo que sienten. No son estrategas, tampoco planean. Viven en el presente porque el mañana es una idea lejana. Y en ese presente gozan con lo simple: colorear mandalas, mirar por la ventana para ver qué están haciendo los vecinos, oír música, jugar con una muñeca, o ver un partido de fútbol sin que importe quién juega ni cuándo se jugó.

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Son personas especiales. Personas con alguna discapacidad física o cognitiva, aunque su vida no se define por esa condición, sino por el mundo que las rodea. Una red de afectos y cuidados. Un mundo sostenido y recreado por padres y hermanos que, con paciencia, imaginación, y sobre todo amor, logran construir un entorno donde la vida cotidiana se acerca, lo más posible, a la armonía. Algo parecido hacía el protagonista de la película La vida es bella con su hijo. En medio del horror de la guerra inventaba juegos para proteger al niño. No se trata de negar la realidad, sino de enfrentarla con humor, en un esfuerzo constante para que el afecto pese más que el cansancio, pese más que la preocupación por lo que viene después: una nueva operación, otra terapia, un medicamento más, un nuevo reto que aparece sin aviso.

No siempre es un camino fácil, pero en ese esfuerzo cotidiano se construye una forma distinta de felicidad.

Podrán tener limitaciones en algunas áreas, pero en otras tienen capacidades que sobrepasan las de la mayoría. Son quienes primero perciben cuando alguien está triste, quienes más alegría transmiten, quienes expresan el amor de manera más transparente. Los padres y hermanos se vuelven expertos en leer gestos y celebrar logros tan sencillos como amarrarse los zapatos, comer sin ayuda, escribir una carta con caracteres inventados. ¡Qué gran fiesta la que se arma!

Esta columna busca rendir un homenaje a todas esas familias que conviven con la luz de una persona con discapacidad. Con los años aprenden a ajustar el mundo a la medida de ese hijo, de esa hermana, de ese ser querido. No siempre es un camino fácil, pero en ese esfuerzo cotidiano se construye una forma distinta de felicidad. Una que nace de reconocer que, aun con dificultades, la vida es bella.

IG: @Dianapardogp

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