¿Quién se atreve a pensar el país?

Hay naciones que solo administran su presente y otras que intentan comprender su pasado y su destino. La diferencia no es retórica, es histórica. En el caso de Colombia, la costumbre ha sido la primera.

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Vivimos atrapados en la dictadura de la coyuntura. Sin importar si hablamos de un gobierno reciente o distante; de uno local o nacional, cada escándalo exige discutir una nueva ley, cada necesidad fiscal nos pide una reforma, cada tragedia produce una política pública que parece más una reacción emocional que el resultado de una reflexión estructural. Pareciera que tuviéramos una extraña fascinación por ser gobernados a golpe de titulares.

Pensar el país —de verdad sentarse a pensarlo— implica asumir que nuestras fracturas no nacieron el día anterior, que nuestros conflictos no son accidentes del calendario y que ninguna política pública será eficaz si no dialoga con las causas históricas que la demandan.

En esto vale la pena volver la mirada hacia figuras que entendieron que la política no es únicamente administración sino interpretación. Uno de ellos fue Álvaro Gómez Hurtado. Más allá de las controversias o simpatías que despierte su nombre, hay algo indiscutible: fue una persona que se tomó el trabajo de pensar el país antes de intentar gobernarlo.

En su ensayo La revolución en América, escrito en el exilio europeo y publicado en forma de libro hace un par de meses, Gómez Hurtado no propone un catálogo de medidas ni una lista de reformas oportunistas. Lo que hace es más ambicioso y más incómodo: se sumerge en las raíces culturales e institucionales del atraso colombiano; interroga la herencia indígena y colonial, examina la fragilidad del Estado; reflexiona sobre la mentalidad colectiva y los errores de la revolución liberal. Hace arqueología de las causas, antes de construir propuestas.

Seguimos, pareciera ser la tragedia perpetua, cometiendo los mismos errores con entusiasmo, eligiendo al que no se atrevió a pensar el país.

Hoy abundan aspirantes a cargos de elección popular que dominan la estrategia electoral, el lenguaje de las redes sociales y el cálculo reputacional, pero escasean quienes hayan hecho el ejercicio previo de estudiar con rigor la historia nacional, de examinar las condiciones estructurales, de entender que los problemas de violencia, desigualdad o debilidad institucional no son fenómenos episódicos, sino procesos de larga duración que nos cogieron kilómetros de ventaja.

Pensar el país exige disciplina intelectual; supone leer antes de ejecutar o legislar, estudiar antes de prometer. Implica aceptar que las soluciones rápidas suelen ser políticamente rentables, pero estructuralmente inútiles. La política ligera ofrece reacción inmediata; la política pensada, en cambio, exige paciencia, no produce titulares fulminantes, sino transformaciones lentas.

Por eso ya no vemos con frecuencia figuras que se sienten a escribir para ordenar sus ideas antes de convertirlas en programas de difusión masiva. Ya, de hecho, no vemos programas de gobierno en las campañas electorales. Hoy la reflexión profunda parece sospechosa; la complejidad, un estorbo.

Necesitamos ciudadanos —y no solo candidatos— que entiendan que gobernar es un acto administrativo e intelectual. Que sepan que la política pública no es un parche, sino una pieza central dentro de una arquitectura que genera las bases del esquivo desarrollo.

Pensar el país es una obligación republicana. El verdadero vacío no está en la falta de líderes o candidatos (a veces incluso sentimos que hay demasiados), sino en la escasez de quienes asumen la tarea poco agradecida de estudiar y preguntarse qué país somos antes de proponer cuál queremos ser. Ese fue el error de quienes, tras desprendernos de los españoles, intentaron imponer una ilustración ajena a nuestra realidad, sin tener en cuenta nuestras relevancias y menudencias.

Hoy, más de 200 años después, seguimos obligando a la historia a ser nostálgica, provocando un déjà vu que nos recuerda que aquí, donde preferimos la palabra abundante al pensamiento profundo, no aprendemos nada. Seguimos, pareciera ser la tragedia perpetua, cometiendo los mismos errores con entusiasmo, eligiendo al que no se atrevió a pensar el país, esperanzados en que esta vez, como por encanto, las cosas funcionen mejor.

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