Me volví un idiota
Tengo gato en contra de mi voluntad y ahora no puedo ni dormir sin él. Antes creía que quien dependía emocionalmente de un animal era un idiota, y ahora que estoy en dicha posición puedo confirmarlo: los dueños de mascotas somos, en efecto, unos idiotas.
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Es que son bellas, terapéuticas, entretenidas; tan insignificantes, pero a la vez tan importantes, tan poderosas. Mi gato es un imbécil que se cae solo, se asusta con su propia sombra y, en caso de perderse, no duraría ni media cuadra porque lo atropellaría un carro o se iría con el primero que le tendiera la mano. No tiene ni la más remota idea de lo que es el mundo y al mismo tiempo es el centro de este; sin él, nada tendría sentido.
Sin embargo, luego de haber estado tres décadas sin mascota, me llama la atención la forma en que ha cambiado el hecho de tener un animal en casa. En la mía tuvimos perros y gatos, muchas veces varios al mismo tiempo, y nunca se compró una correa ni un juguete, tampoco una cama especial para ellos ni una bolsa de concentrado.
En nuestra familia las mascotas comían de lo mismo que comíamos nosotros, dormían donde se les antojara y los perros salían a la calle a nuestro lado e iban por ahí, yendo y viniendo, pero nunca se perdían; tampoco mordían a nadie. Y en cuanto a los gatos, saltaban de patio en patio y de árbol en árbol, salían temprano por la mañana y no avisaban adónde iban ni a qué hora regresaban. Aquellos animales vivían muchos años y mantenerlos era fácil, feliz y económico.
Están convencidos de que amar a los animales es sinónimo de ser buena gente y que aquel que siente resistencia hacia ellos es un ser humano de quinta.
Hoy existe un complicado protocolo de tenencia de mascotas que implica todo tipo de accesorios y mantenimientos, colegios, rutinas y carísimas cuentas en el veterinario. Y esto pasa, supongo, por un sinfín de razones como que ahora más gente tiene animales, pero también porque en el pasado la mascota era un miembro más de la familia, no el único, y además vivían en casas, en el aire libre de sus patios y jardines, y no encerradas en espacios diminutos.
He notado que existe también una especie de “dictadura de la ternura” donde los propietarios de perros y gatos creen que los demás humanos están en la obligación no solo de tolerarlos, sino de parecerles simpatiquísimos. Están convencidos de que amar a los animales es sinónimo de ser buena gente y que aquel que siente resistencia hacia ellos es un ser humano de quinta que no merece ningún tipo de consideración. Por eso son incapaces de concebir que un restaurante no sea pet friendly, así como tampoco entienden que a los únicos que les importan sus animales son a ellos mismos.
Es que me ha tocado ver la forma en que se comportan en la veterinaria, con una torpeza, una indulgencia hacia sus mascotas y una desconsideración hacia los demás, todo porque a los animalitos hay que permitirles y aceptarles todo; nada de lo que hagan esas criaturas especiales puede ser condenado. Un amigo dice que nueve de cada diez dueños de perros son estúpidos, y yo creo que se queda corto. Me parece que son incluso un gremio más idiota que el de los golfistas. Qué deporte bello que es el golf, pero qué manada de tarados son algunos de los que lo practican.
Y es curioso también que la gente prefiera a los perros que a los gatos, cuando los segundos son infinitamente superiores: independientes y limpios, dulces y ariscos al mismo tiempo, muy prácticos en todo caso. Si los que tenemos animales somos unos perdedores de primera, no hay nadie más perdedor que el dueño de un perro, lo más cutre y bajo de la escala social.
Dicho esto, espero que quieran a sus animales, los traten bien y que juntos sean lo más felices posible, pero también que no se vuelvan insoportables ni se les suban los humos por convivir con uno de ellos. Y en caso de que les pase, espero que la vida les dé una lección y que a la próxima los embauquen y compren o adopten un therian, para que les vuelva mierda el apartamento en el que viven.
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