Heterofatalismo para todos |
El relativamente reciente y muy viral artículo de Jean Garnett para The New York Times Magazine, “The Trouble With Wanting Men” (El problema con querer hombres), ofrece a los lectores una clase magistral en lo que Nietzsche llamó ressentiment –la peculiar alquimia de la fortaleza-de-la-debilidad (strength-of-weakness) que transforma la decepción personal en un marco teorético–. Garnett, que trabaja como editora en Little, Brown, despliega el concepto de 'heteropesimismo' de la académica especializada en sexualidad Asa Seresin de la Universidad de Pensilvania para diseccionar sus penas en sus citas: los hombres inestables, los que tienen ansiedad al compromiso, quienes sufren lo que un psicólogo ha denominado “alexitimia masculina normativa”, un rimbombante término clínico para referirse a los hombres que no pueden articular sus sentimientos.
La pieza de Garnett dio los resultados esperados, generó más de 1,200 comentarios y desató más artículos de respuesta a lo largo del espectro político que buques griegos zarparon por el rostro de Helena. La mayoría de estas respuestas destacaban la confesión de Garnett de que había abandonado su matrimonio por un hombre que explícitamente le dijo que no podía mantener relaciones y luego se llevó consigo a su hija en las citas que tuvo con él, lo que algunos dirían que socava la tesis de que los hombres son los únicos responsables por el desajuste romántico contemporáneo.
Pero aceptemos la premisa de Garnett por un momento. Aceptemos que las mujeres heterosexuales se enfrentan a frustraciones genuinas por hombres emocionalmente indispuestos y con fobia al compromiso, que han sido feminizados hasta hacerlos inútiles por el capitalismo tardío o el aparato teórico del que toque hacer uso esta semana. La cuestión que nadie parece preguntar es: ¿Por qué deberían los hombres preocuparse?
No digo esto como una provocación. Lo planteo como una pregunta honesta de lo que puede ser el hecho social definitorio de nuestra época: el abandono de los hombres jóvenes del mercado sentimental. Como George Trow observó sobre la televisión en 1980 (y me gusta mencionar por aquí en 2025), vivimos en el “contexto del no contexto”, en el que el consenso demográfico ha sustituido a la historia y a la experiencia directa. Las redes sociales han acelerado este fenómeno en mercados predictivos en los que cada acto comunicativo deviene una apuesta sobre qué tendrá una respuesta y cada pensamiento está filtrado previamente por la anticipación de su recepción. Nos hemos entrenado para convertirnos en loros estocásticos y luego nos sorprendemos porque una generación que se ha criado en este loop de feedback recursivo trata la conexión humana como si fuese otro stream de contenido por el que hacer scroll.
Los datos nos cuentan una historia mejor que la que cualquier marco teorético que Garnett pueda desplegar. De acuerdo con el National Survey of Family Growth's de 2022-2023 (Encuesta Nacional sobre el Crecimiento de las Familias), la virginidad entre varones de entre 22 y 34 años pasó del 4% al 10% en aproximadamente unos diez años. La falta de sexo entre varones el año pasado aumentó del 9% al 24% en el mismo período. El análisis del Institute for Family Studies (Instituto para el Estudio de las Familias) muestra que el 35% de los hombres jóvenes no ha tenido sexo en los últimos tres meses.
Los hombres jóvenes comunes, y no los incels que despotrican en foros de Reddit, simplemente... han parado. El Informe Social General de la Universidad de Chicago encontró que los jóvenes de entre 18 y 29 años que afirmaban no haber tenido sexo en el último año se duplicó del 12% en 2010 al 24% en 2024. Pew Research ha documentado que el 63% de los hombres de menos de 30 años son solteros, un aumento desde el 50% en esa situación en 2019. Quizá más elocuentemente, un 59% de los varones jóvenes de entre 18 y 25 años ni siquiera se ha aproximado a alguien en quienes estaban interesados en el último año, y un 45% no se ha acercado nunca a nadie.
Éste es el aspecto que tiene una renuncia completa. Y si fueses un joven que alcanza la madurez hoy –moldeado por el tuit más que por la calle, socializado por los algoritmos más que por la torpeza de las relaciones interpersonales, tu conciencia deformada por la pseudoconciencia probabilística que persigue la viralidad y que las plataformas de redes sociales nos han entrenado a poner en obra, ¿a qué estarías renunciando exactamente?
En noviembre de 2025 Harpers’ Magazine publicó la investigación etnográfica de Daniel Kolitz ‘The Goon Squad’, examinando lo que puede ser la manifestación más visceral de retirada masculina de la sexualidad tradicional. El gooning —sesiones de onanismo prolongadas que implican la práctica reiterada del edging para alcanzar estados cercanos al trance, que con frecuencia duran de 15 minutos a 14 horas en elaboradas gooncaves con múltiples pantallas— ha pasado de ser una práctica marginal a una lo suficientemente corriente, tanto que una encuesta de ZipHealth encontró que un 25% de los estadounidenses y prácticamente un 50% de los hombres la ha realizado.
En ausencia de una teoría de la que partir (¡aquí debería haber dicho “yo soy vuestro tipo”!), Kolitz teoriza que el gooning es “el destino, sombrío y virtualmente inevitable, de una generación marcada por la covid, solitaria y pobremente socializada, que se ha destetado con el internet moderno”. Esta práctica implica la búsqueda del 'goonstate', una zona que los practicantes comparan a la meditación avanzada o la muerte total del ego. Como proto-gooner de los días de mi juventud malgastada de dibujos animados de Bugs Bunny y Bluto en drag, habría prestado el título del escritor de Deadwood Kem Nunn para la novela que sirvió de material para la película Le llaman Bodhi como “aprovechando la fuente” (tapping the source) (énfasis en la fuente). Como el terapeuta Sylvester Merrit ha observado en Men's Health, los estímulos sostenidos y la manifestación repetitiva crean asociaciones de tipo pavloviano, un tipo de práctica secular tántrica desprovista de dimensión espiritual y reemplazada por manipulación neuroquímica pura.
Es algo más extraño y terminal que la tradicional adicción a la pornografía: el reemplazo total de la conexión humana intersubjectiva por estímulos diseñados y optimizados por los algoritmos. Cuando la revista Vice entrevistó a varios practicantes, un 16% afirmó que sentía urgencias inesperadas para masturbarse, un 13% se esforzaba por detenerse una vez había comenzado y un 14% describió la experiencia como meditativa. La práctica crea su propio ciclo, uno que se sostiene por sí mismo: la soledad conduce al uso de pornografía, que lleva a un alivio temporal mientras profundiza la soledad, que incrementa el uso de pornografía, que atrofia más la capacidad para una intimidad humana real. Cada iteración hace que el estado anterior sea más irrecuperable.
Las investigaciones muestran consistentemente esta relación bidireccional entre pornografía y soledad, cada una alimentando a la otra en lo que un estudio ha calificado de “interrelacionada y que atrapa a los usuarios en un círculo vicioso y un vacío adictivo”. El cerebro es engañado para pensar que está teniendo una relación real, luego confronta la soledad profunda que le sigue, haciendo que la conexión emocional sea cada vez más difícil. Cuando la gente no necesita ya articular deseos específicos y simplemente acepta lo que quiera que genere su feed de notificaciones, entonces........