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La relación entre patriarcado y capitalismo: Frankenstein y la huelga del clima

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08.10.2019

A propósito de la Huelga Mundial por el Clima del 27 de septiembre y ante la emoción de ver a tanta juventud del mundo impugnar en sus pancartas el sistema capitalista de destrucción de la vida, parece irremediable ponerlo en conexión con el régimen de poder patriarcal, sabiendo que no son desórdenes de violencia paralelos sino un mismo monstruo.

Cuando se escribe acerca del patriarcado capitalista o del capitalismo patriarcal, hay algo que indica que no se utiliza la lengua con propiedad al nombrar el des-orden dominante, que es solo uno. Es perceptible que lo escrito o dicho no casa con la realidad del todo, sustantivando o adjetivando de una manera jerárquica en función de lo que en cada momento o contexto viene mejor resaltar a quien habla o escribe: es decir, utilizando patriarcal como sustantivo o como adjetivo del capitalismo y viceversa…como si entre ellos hubiera solo una relación de jerarquía en función del contexto del que formen parte.

Para aclarar el panorama, en un momento tan decisivo como en el que vivimos —de emergencia lo están llamando—, podría ser razonable volver al origen de ambos regímenes de poder. Respecto del surgimiento del patriarcado hay muchas hipótesis que intentan desentrañar cómo se instala un sistema de dominación de una mitad de la humanidad respecto de la otra mitad, que precisamente es aquella que garantiza la perpetuación de la especie, teniendo la capacidad de ser dos —es clásico en esta línea el libro de Engels (1884), El origen de la familia, la propiedad privada y el estado—.

En tiempos recientes, el pensador chileno Claudio Naranjo se aventuró a proponer que las poblaciones sedentarias originales, frente al calentamiento de la tierra y para poder sobrevivir, tuvieron que desplazarse y los hombres de esas comunidades se volvieron bárbaros, violentos, predadores e insensibles. El dominio de los hombres sobre las mujeres se produjo para acallar la parte femenina de la naturaleza frente a la brutalidad que fue necesaria para no perecer y competir con los elementos y con otros pueblos. Así explica que, en todas las religiones, hubo la necesidad de sacralizar la violencia. Se instauró la retórica de matar, el rito de los sacrificios, para idealizar la violencia y así hacerla soportable frente a la sacralidad de la vida transgredida o profanada. En La mente patriarcal (RBA 2010), este autor mantiene que nos hemos quedado pegados a aquella mentalidad patriarcal hegemónica e insensible que sirvió hace 6000 años.

Sea como fuere su origen, algo que no es baladí porque podría ofrecer indicios para rastrear una masculinidad anterior al patriarcado, es evidente que este régimen de poder está más allá del capitalismo, muchísimos siglos más allá. Sin embargo, se suele decir en ámbitos feministas que el capitalismo, hijo de la modernidad, hizo un pacto con el patriarcado que les ha traído muchos beneficios a ambos. Esta puesta en escena no resulta del todo convincente, pareciendo que fueron unos nuevos ideólogos económicos los que se aliaron con viejos teóricos machistas para explotar más a la humanidad hombre y aprovecharse de la clásica explotación de la humanidad mujer y, por supuesto, para explotar de manera intensiva los recursos del Planeta. Que el joven capitalismo se sostiene y se aprovecha de un pacto sexual antiguo entre hombres para someter a las mujeres parece claro —es recomendable en este sentido El contrato sexual, de Carole Pateman (Editorial Ménades, 2019)—, pero hay que profundizar en........

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