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La izquierda ante la crisis de régimen

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09.10.2019

Los tiempos corren más que nunca en España. Sumergidos en una vorágine electoral que va camino del lustro y en un mundo global en el que los continuos flujos de información nos noquean hasta nublarnos la vista, cuesta frenar, y mirar en perspectiva para tratar de entender el proceso histórico en el que nos encontramos. En estas semanas, dominadas por el análisis electoral en su sentido más cuantitativo, se echan en falta voces que traten de explicar con un poco de perspectiva el momento histórico que está atravesando el país, más allá del cálculo electoral y de las historias de traición y desamor entre Iglesias y Errejón.

Como decía, echando la vista atrás y observando el transcurso de la última década en España, no es difícil darse cuenta que el momento político que vivimos es bastante más complejo de lo que a priori podría parecer, y que es muy posible que su resolución marque el devenir del país para la próxima generación.

España lleva inmersa desde poco menos de una década en una crisis de régimen en su sentido más gramsciano, como un momento en el que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo. Esta crisis vivió su punto álgido en el periodo 2010 a 2015, con una crisis económica que colocó el país al borde del colapso económico y, sobre todo, con una impugnación del orden establecido que hizo temblar los cimientos del estado, incluida la monarquía.

En 2014 la Corona contaba con un respaldo menor del 50% 1 el 15M era un fenómeno que aún inquietaba a las élites y cuyos efectos eran todavía difíciles de predecir, y Podemos recorría las plazas y los platós cargando contra el régimen del 78. Hoy acude a los debates con la Constitución debajo del brazo.

Mirando cómo han evolucionado los tiempos, parece que la España de hoy, más estable y menos crispada que la de hace cinco años, debería haber superado ya este trance. Sin embargo, al borde de comenzar la tercera década del milenio, España navega aún en ese interregno del que hablaba Gramsci, sin que lo viejo acabe de morir, y, sobre todo, sin que lo nuevo acabe de nacer.

La próxima cita electoral, marcada más que nunca por el hartazgo y la desafección, es mucho más importante de lo que la ciudadanía parece percibir. Lo que se decide no es solo un mero reparto de sillones, sino quien liderará la nueva restauración monárquica en una España, no tan indignada, pero con un conflicto territorial cada vez más afilado y dentro de........

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