Diputado Figaredo, ¡¡¡vete de esta casa!!!
Como acostumbraba a decir el gran Paco Gandía, este, improbables lectores, que voy a relatarles ahora es un caso verídico. Sucedió hace solo unos días en cierta casa particular de un pueblo de la Meseta donde su dueña, siempre buena anfitriona, recibía a media mañana a un amigo para tomar juntos una cerveza y un aperitivo ligero. La mujer, quizá jubilada, y el hombre, algo más joven y todavía en activo, no eran íntimos pero sí mantenían desde hacía años una relación cercana, cordial, no exenta de atenciones mutuas; no solían intercambiar confidencias particularmente comprometidas, pero sí muchas otras cosas de esas que, a mitad de camino entre lo genérico y lo personal, dan aliento, fluidez y resistencia a tantas amistades. Solo tenían una línea roja: la política. Ella se lo había recordado muchas veces a su amigo: “Nada de política, Octavio”, y no le faltaban motivos para reiterar la advertencia: el hombre había ido precipitándose poco a poco hacia las posiciones más furibundas y lenguaraces de la extrema derecha, mientras que ella se mantenía, como en los lejanos días de su juventud, en posiciones a veces un poco más y a veces un poco menos pero siempre dentro de la izquierda.
Aunque no era mal muchacho, más bien todo lo contrario, le costaba sin embargo respetar la línea roja previamente pactada: en ocasiones soltaba alguna opinión ultra subida de tono que su anfitriona, armada de paciencia, solía dejar pasar, haciendo como que no la había oído y limitándose a cambiar discretamente de tema; él solía captar el quiebro de su amiga y regresaba de nuevo a los asuntos que ambos compartían: el gran invento que era la cerveza, la carestía de la vivienda, cómo había bajado la calidad de los caracoles que servían en el bar del pueblo, los........
