Entre inseguridad y pena; así viví el festival vallenato

Valledupar, en este mayo que se despide con un sol de plomo y una brisa que no alcanza a refrescar el alma, se ha convertido en el escenario de una paradoja cruel. El Festival de la Leyenda Vallenata, ese rito sagrado que esperamos con la devoción de un exvoto, ha terminado, y con él, se ha esfumado la ilusión de quien aguardaba en sus notas la redención del espíritu. Este año, sin embargo, el festival se ensañó conmigo; fue un anfitrión huraño, un amante desagradecido que cambió el júbilo por el desasosiego. Pareciera que la música, en lugar de elevarse sobre las copas de los mangos, se hubiese quedado enredada en la maleza de una realidad que nos supera.

¿Pero qué culpa puede tener la melodía del fuelle ante la desidia de quienes ostentan el poder? El festival, en su esencia más pura, es un oasis de hospitalidad donde Valledupar abre sus puertas para transformarse en la casa de todos. Es ese imán invisible que hace que el forastero, una vez embriagado por el olor a........

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