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"En el pueblo somos como una familia": Mariona, Pol y Agustí, tres jóvenes que revitalizan un municipio rural de Barcelona

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Voces contra la despoblación

"En el pueblo somos como una familia": Mariona, Pol y Agustí, tres jóvenes que revitalizan un municipio rural de Barcelona

Tres vecinos de Gallifa cuentan a EL PERIÓDICO cómo han logrado emanciparse en viviendas rehabilitadas que el Ayuntamiento tenía en desuso

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Mariona, una de las jóvenes que revitalizan Gallifa, en su apartamento de este pequeño pueblo del Vallès. / Ferran Nadeu / EPC

En Gallifa (Vallès Occidental, 171 habitantes) emanciparse ya no significa necesariamente irse. El Ayuntamiento combate el éxodo de jóvenes por la falta de vivienda con una estrategia conjunta con la Diputación de Barcelona: rehabilitar viviendas envejecidas, vacías o degradadas para incorporarlas al parque de alquiler asequible del pueblo a través de vivienda o masovería urbana. Tres jóvenes del Gallifa, Mariona Berenguer, Pol Granell y Agustí Roca, explican a EL PERIÓDICO cómo han logrado emanciparse sin tener que abandonar su entorno.

Mariona: emanciparse sin salir del lugar de siempre

Mariona Berenguer (26 años) tenía claro que, si tenía dónde vivir, no se emanciparía en otro pueblo. Ha vivido toda su vida en Gallifa. Antes lo hicieron sus abuelos, luego sus padres y ahora ella ha podido iniciar su propia etapa sin romper la continuidad familiar. Trabaja en Danbel, una distribuidora de perfumes y cosmética exclusiva, en Caldes de Montbui. Se ha instalado hace tan solo dos meses en el último de los tres apartamentos rehabilitados de la finca Can Munné, un bloque degradado de los años 40 del que han salido varios apartamentos pequeños destinados a la emancipación de jóvenes del municipio. 

Para ella, la emancipación dentro del pueblo en el que creció significa iniciar una vida propia sin irse del lugar en el que siente que pertenece. “Es una libertad, una independencia personal en la que puedes crecer y experimentar nuevas obligaciones”, cuenta, y añade que sin una oportunidad así quedarse en Gallifa le habría sido muy complicado por la falta de oferta. “En este pueblo habría sido complicado”, explica. 

Berenguer se siente a gusto con el municipio porque es pequeño, porque “somos como una familia” y porque la naturaleza del entorno forma parte de su día a día. Sale en bici, hace deporte a diario y valora la tranquilidad: “Siempre tiro por el pueblo”, afirma cuando se le plantea la duda entre quedarse o marcharse a un entorno más urbano. Su futuro aún no está completamente dibujado, pero tiene claro que quiere seguir en Gallifa, construir un futuro allí y que el pueblo no se quede sin relevo. “Espero tener hijos y dar la posibilidad al municipio de que no se muera”, concluye. 

Mariona Berenguer, en su apartamento de Gallifa. / Ferran Nadeu / EPC

El precio de quedarse: arraigo pero más coche

Pol Granell (29 años) representa otra vía de llegar al mismo destino. Aunque él no nació en Gallifa, a raíz de pasar los fines de semana en casa de sus abuelos paternos empezó a construir un vínculo con el pueblo. Cuando llegó el momento de emanciparse, tuvo claro que lo quería hacer allí. Ahora lleva más de 3 años viviendo también en Can Munné, en uno de los apartamentos rehabilitados por parte del ente local, con el soporte de la DIBA. 

Trabaja como comercial de plásticos y desecantes en La Roca del Vallès, teletrabaja dos días a la semana y no considera que vivir en Gallifa sea un inconveniente, sino al revés: “Aquí se respira tranquilidad, va todo a otro ritmo”, comenta. Para él, el piso ofrece un alquiler asumible y la posibilidad de continuar viviendo donde se siente arraigado. 

Su relato también tiene espacio para las renuncias. Reconoce que vivir en un pueblo pequeño obliga a depender del coche, a desplazarse para hacer la compra o para acceder a otros servicios y asumir que el núcleo social se encuentra fuera. De hecho, admite que echa de menos “un punto de vida social”, debido a que muchas de sus amistades han ido trasladándose a núcleos urbanos más grandes. Sin embargo, remarca que no es lo suficientemente importante para marcharse él. 

Carla Reixach y Pol Granell, vecinos jóvenes que revitalizan Gallifa. / Ferran Nadeu / EPC

Agustí: el sueño de volver al pueblo

Agustí Roca (45 años) volvió al pueblo con su mujer, donde ha tenido a sus dos hijos. Antes de regresar habían vivido en Moià y en Sant Quirze Safaja, pero su intención siempre había sido volver donde creció. Cuando surgió la posibilidad de instalarse en una casa, a través de una iniciativa de masovería urbana, lo tomó como una decisión de vida. “Siempre había querido volver”, afirma. 

La vivienda de la calle Solella era una casa que quedó envejecida por el desuso y que el consistorio rehabilitó para promover un domicilio unifamiliar asequible. Él trabaja en la Guardia Urbana de Barcelona, su mujer en Vic, así que el traslado no se trató de un movimiento cómodo. “Más práctico habría sido ir a otro municipio”, admite. Sin embargo, tenían claro lo que buscaban: él creció en Gallifa y querían que sus hijos pudieran hacerlo también. “Estoy feliz de cómo viví aquí y quería repetirlo”, explica. 

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En su caso, defiende que los beneficios que le aporta el entorno rural son "inmejorables". Habla de silencio, de calma, de libertad para poder salir a correr o coger la bicicleta y de llegar a casa y notar que el ruido se suprime, el mental también. “Con la tranquilidad y calma mental que siento al llegar a casa, me compensa hacer diariamente 20 o 30 minutos de coche”, opina. Tarda unos 45 minutos para llegar al trabajo, pero asegura que no le supone una carga. Lo ve como parte del proceso de “vivir donde quiero vivir”, rubrica.

Agustí Roca, vecino de Gallifa con un proyecto de masovería urbana. / Ferran Nadeu / EPC

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