Sombras de inestabilidad |
Valentí Puig
Escritor y periodista.
Escritor y periodista.
Concentración en Torre Pacheco esta semana. / Ivan urquizar
Ese componente elemental de fluidez que la vida pública requiere ahora mismo parece colapsado por una aglomeración de descuidos, desidia, malas prácticas y desgobierno. A los elementos 'made in' Sánchez se suman inercias que vienen de más lejos, disfuncionalidades de otro orden y, a la vez, el caso Cristóbal Montoro, surgido del secreto del sumario como una bomba de racimo.
El catálogo de muestras genera desconcierto en una sociedad que a la vez es propicia a una credulidad de paleto, al asumir que todo lo que le llega a la pantalla del móvil tiene credibilidad inmediata. Si dábamos por hecho que entrábamos en la sociedad del conocimiento ahora resulta que carecemos de la capacidad crítica elemental. Manipulaciones, sesgos grotescos y nuevas supersticiones circulan digitalmente a todas horas. Preocupa a los padres la adicción digital de los hijos más que la evidencia de un sistema educativo que no procura el saber necesario para entender situaciones complejas. En Instagram se practica el 'toco mocho' para convocar solidaridades desproporcionadas, agresiones verbales inusitadas, simbologías totalitarias, cuyo significado desconocen las nuevas generaciones.
Todo anda revuelto y cuesta mucho menos turbar que discernir. Condenamos o aplaudimos Torre Pacheco sin ningún interés por cómo se forman los guetos o qué consecuencias tiene el efecto llamada. Algo parecido ocurre con la amnistía, la OTAN, la financiación autonómica, los casos de corrupción, la división de poderes o la caja del Estado.
El hecho de que el Gobierno de Pedro Sánchez compre oxígeno en Waterloo, ¿es causa o efecto? Cuando todo es relativo, las sociedades pierden cohesión y capacidad de iniciativa. En términos prácticos, los inversores viven más pendientes de las agencias de calificación; en otro sentido, la desconfianza se traslada a la ciudadanía. Eso es lo que está pasando ahora, tanto por falta de liderazgos razonables como por un descrédito institucional en ciernes. Al ver hundirse el barco, algunos náufragos echan por la borda la Constitución y lo que llaman el sistema de 1978.
La ausencia de meritocracia en los partidos políticos no es un factor que determine el voto de las mayorías pero tiene un peso innegable en la descomposición de la vida pública. Eso impide la fluidez. Atrincherados tribalmente, tras las siglas de un partido lo justificamos todo: Koldo, Ábalos, Santos Cerdán, todo. Así es como aparecen en el horizonte las sombras de inestabilidad y mientras el ministro de Exteriores dedica sus energías a la oficialización europea del catalán y el euskera, los intereses de España en Europa pierden presencia. Se acabaron los mimos políticos entre Pedro Sánchez y Ursula Von der Leyen.
Inestabilidad suele generar inseguridad. Ahí está el señor Domingo, en Torre Pacheco, con los moratones de la paliza. Las redes ultra también son el desecho de la inestabilidad y el descrédito. Los extremos se tocan. La indiferencia nos impide ver que la inestabilidad nos perjudica como ciudadanos por tanta credulidad con la demagogia y el lenguaje corrompido. Ya dijo Tocqueville que es más fácil aceptar una simple mentira que una verdad compleja. Eso vale para la inmigración ilegal, Hacienda, Puigdemont o la sauna de la esquina.
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