Lenguas de trapo

Lenguas de trapo / di

Una empieza a escribir por motivos no tan distintos a los que otros cosen, deshacen dobladillos o, cuando ya no queda más materia prima con la que prolongar la pieza —heredada del hermano mayor al pequeño—, acaba convertida en retales que refuerzan las coderas de otras piezas. O al menos así me gustaría pensar que funciona el mundo. Mil veces mejor que el usar y tirar —dónde vamos a parar—. Y una escribe porque no puede dejar de hacerlo, eso en primer lugar, pero tratando de estirar la historia, que no se pierda entre los deshechos del día a día.

Por ejemplo, en casa, no solo se escribían cartas a los Reyes Magos, sino que tuvimos la fortuna de que alguna vez nos respondieran. Que se tomaran el tiempo, entre mojar las galletas en una taza de leche, de incluir entre los paquetitos alguna misiva con apuntes sobre los puntos de mejora. Una especie de aprobado en junio pero en septiembre me traes una redacción de cómo ha ido tu verano, sin faltas y con buena letra, eh.

Otra vez lo que llegó al buzón fue un cuento escrito, dibujado y encuadernado a mano, en el que un niño muy muy parecido a los míos, descubría que comer lentejas ayudaba a chutar goles. ¡Los caminos de las proteínas son inescrutables!

Pero también pretendía anotar esas anécdotas que no interesan a nadie fuera de la sociedad limitada de una familia, no fuera a ser que, con el tiempo, se escapara algo importante. Esas mañanas de cumpleaños en las que todos te saltaban encima en la cama y el afortunado repetía “¡Cuéntame cuando estaba en tu barriga!”........

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