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Qué risas

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26.09.2025

Juan Tallón

Escritor.

Jimmy Kimmel en su late show / ABC

En 1962 se registró una epidemia de risa en Tanganica, actual Tanzania, poco después de que el territorio alcanzase su independencia. Todo comenzó el 30 de enero en un colegio femenino, cuando dos alumnas comenzaron a reírse estrepitosamente. No podían parar. La risa las trascendía. Enseguida comenzaron a contagiarse algunas compañeras. La risa se extendió a todas las estudiantes, luego al pueblo, al distrito, a la región, al país entero. La epidemia se producía por contacto directo, es decir, nadie se veía afectado a menos que estuviese en contacto con alguien contagiado previamente. La nación entera reía. Los afectados no poseían ningún control sobre la hilaridad, que una vez iniciada se prolongaba minutos, horas, incluso semanas. No sé cómo, pero hay algo en la belleza extrema que acaba produciendo horror. Yo diría que los mejores momentos de mi vida han sido siempre esos en los que algo me hacía muchísima gracia y me empezaba a reír sin saber qué hacer para parar, hasta que en algún momento me entraba el miedo a que la risa produjese un desastre.

El pánico que despertó la epidemia llegó a las altas esferas, y después a otras más altas todavía, por cuanto el país pertenecía a la Commonwealth. En el Palacio de Buckingham se veía con preocupación no tanto la epidemia como la felicidad y la sensación de libertad que se deriva de la risa. Año y pico después de surgir, la epidemia remitió. No causó muertos. Los investigadores creen que el fenómeno fue una respuesta a la presión y el estrés de las expectativas sociales, las incertidumbres creadas por el proceso de independencia de Tanganica. En fin, el gobierno respiró aliviado.

Hay algo en la risa, y por ende en el humor, que tiende a poner en alerta al poder, que no deja de ser un ente hosco y abstracto que infunde temor. En esencia, la gobernanza representa una forma de antipatía, y de ahí la aversión que algunos gobiernos, poderosísimos por tradición, experimentan ante humoristas, actores, cómicos, payasos, personas, en fin, dispuestas a echar pulsos con un simple juego de palabras.

Es terrible no tener sentido del humor, o tenerlo solo para lo que te hace gracia a ti. No deja de ser una enfermedad carecer de sentido del humor. Al poder le pasa continuamente. Cuando dicen de él algo gracioso, exponiéndolo al ridículo, se convierte a sus ojos en un ataque. Tiembla ante la risa. Nada lo exaspera tanto como que alguien más débil, incluso más feo, se ría de él. El sentido del humor no consiste en que te haga gracia algo, sino en que soportes ser objeto de gracias. A quien carece de él siempre le parecerá malo, ridículo, inoportuno, en absoluto gracioso. Con algunos poderosos no valen bromas, risas, chistes, pues en última instancia el humor iguala, si es que no supera; y eso no. El humor desconcierta, a veces no está contemplado, y pasa. Esa explosión que provoca desparrama a las víctimas aleatoriamente. El humor es putada. Precisa lesionados. A veces el lesionado eres tú. Te parecerá tal vez una desgracia, en efecto, pero solo hay que aguantar y, en el grado más alto de inteligencia, reírse también.

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