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Perderse de vista

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01.08.2025

Juan Tallón

Escritor.

Escritor.

Una hamaca de lectura en la Biblioteca Gabriel García Márquez. / FERRAN NADEU

Cualquier forma que adopten unas vacaciones de verano remite, en esencia, a un acto de desaparición. Estás, y al día siguiente te esfumas. Haces, y de golpe dejas que haga otro. No necesitas nada de lo que ves o tienes cerca a diario. Resulta agradable perder cosas y personas de vista. En ese momento, cuando se quiebra la rutina, se abre un período de tiempo variable en el que intentas que todo aquello de lo que normalmente estás pendiente te dé igual. «Me trae sin cuidado» quizá sea la frase que define mejor unas vacaciones. Te vas e intentas desde ese instante no enterarte de mucho, cuando hasta entonces tu vida consistía en estar al corriente de todo. La vida se soporta mejor si vas mezclando conocimiento e ignorancia. El verano, tradicionalmente, era eso en especial: no saber demasiado bien qué ocurría a tu alrededor, en parte porque no ocurría casi nada de extrema gravedad. Quizá el verano consista antes que nada en una falta notable de importancia. Creo que sin importancia se vive mejor. Ahora ya ocurre de todo, pero ese es otro tema. Hay que hacer cómo si no ocurriese. Las vacaciones te imponen la obligación moral de mirar hacia otro lado.

Se impone la pretensión de dar la espalda a la realidad tal y como estás acostumbrado a relacionarte con ella; y que no pase nada comprometido. Pensar que algunas cosas irán a mejor a la vuelta solo por el hecho de no acordarte de ellas es casi un derecho. Existir pasa por dejarse en paz de vez en cuando. Quién sabe si el gran logro de la inteligencia no será que muchas cosas nos traigan al pairo temporalmente. A partir de cierto día, por ejemplo hoy, cualquier asunto delicado debería producirnos encogimiento de hombros, mientras nos entregamos a la delicada tarea de desaparecer. Incluso a la posibilidad de aburrirnos. El aburrimiento produce frutos inimaginables.

Hace unos años, de vacaciones en una localidad levantina, me entró un aburrimiento atroz, y al consultar el periódico local vi que esa tarde se celebraba una subasta de armas en el cuartel de la Guardia Civil. Por fin algo de cultura, me dije. Allí me presenté. Las armas estaban dispuestas a lo largo de dos grandes mesas, como si fuesen las cigalas de una boda. Una docena de tipos estudiaba el género en un silencio inquietante, mezcla de biblioteca y selva vietnamita. Me preguntaba si podría tocar las armas, cuando observé que un señor no sólo tomaba un rifle, sino que me apuntaba con él. Se echó reír y, para tranquilizarme, me dijo que tenía malísima puntería. Fue una tarde absolutamente maravillosa. Y todo porque me aburría.

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Les deseo lo mismo para estas semanas. Aprovechen para cruzarse de brazos. Si alguien les dice que hay que cambiar una bombilla, respondan «Estoy de vacaciones, lo siento», y sigan leyendo, o mirando por la ventana. ¿Hay que comprar vino para la cena? ¿Poner la mesa? ¿Llevar al abuelo a urgencias porque se ha caído por las escaleras? A usted le es del todo imposible echar una mano: está de vacaciones. Si intentan hacer lo menos posible, el mundo mejorará automáticamente.

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