menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Es demasiado

15 0
19.09.2025

Juan Tallón

Escritor.

Adeu a Redford, llegenda progressista

«Es demasiado guapo», le decían a un compañero en el instituto, que, en efecto, era muy guapo. Por si no bastase, había aparecido a mitad de curso, ahondando en la impresión de salir de la nada, como resultado de un puro milagro. Se imponía con tanta solidez su belleza que a algunos les surgía la duda de que además de eso se pudiese ser otra cosa (curioso, aplicado, elocuente, divertido, ingenioso, inteligente, responsable…). La belleza, en aquel grado exuberante y refinado, devoraba cualquier otro atributo, que o se volvía sospechoso, o innecesario, o imposible. Me acordé de esa frase, u objeción, tras la muerte de Robert Redford, que precisamente tuvo que desplegar un descomunal abanico de talentos para sobreponerse al hecho objetivo de que fue guapísimo a lo largo de toda su vida.

Aquel «Es demasiado guapo» se anunciaba como una sentencia abrasiva. Eras culpable de ser guapo, y todo lo que no podrías alcanzar en tu vida, además de eso, se derivaba de haber volado demasiado alto con tu belleza, como si esta fuese una ambición que uno se propusiese desplegar expresamente. Pero no gesticulemos, porque ser demasiado guapa era aún peor. Te vaciaba hasta que te quedabas nada más que con el adjetivo, que adquiría la forma de un agujero en la tierra, tirando a rectangular.

Lidiar con la gran belleza, como si fuese un problema, no te abocaba a una soledad exasperante. De uno podían decir también «Es demasiado inteligente», y ahí encontrarse inesperadamente vivo dentro de su propia tumba. O «Es demasiado gracioso». O «Es demasiado rebelde». O «Es demasiada buena estudiante». O «Es demasiado divertida». O «Es demasiado ambiciosa». Mal asunto en todos los casos. Cualquiera de estas fehacientes circunstancias, si las atesorabas, te reducían a ser solo eso y nada más, legándote, en el fondo, cierta sensación de desgracia. Lo que me recuerda a un personaje de 'La conjura contra América', de Philip Roth, que sabiéndose inferior a un rival, un tipo de mucha más experiencia que él, mascullaba para sí: «Ese presuntuoso hijo de puta lo sabe todo… lástima que no sepa nada más».

Con el tiempo, se llegaba a la conclusión de que el problema no era tanto ser alguna de esas cosas –guapo, lista, capacitada, carismático–, circunstancia que cualquiera querría para sí, como serla demasiado, rotunda, innegablemente. Fuimos arrojados a una cultura que afea el exceso, aunque sea para bien. Te han hecho creer que la vida se volverá más cómoda si eres moderadamente ambicioso, o moderadamente exitoso, moderadamente todo. Ello te evitará la acusación de ser culpable de que los demás sientan envidia de ti por no poder igualarte.

Hace un año, al salir de un hotel de Marsella, alguien me llamó por mi apellido, y cuando me volví, me encontré a aquel muchacho del instituto demasiado guapo. Mientras trababa de hacerme a la idea de que era él, asumí que el muy cabrón seguía siendo guapo, infortunio al que se añadía el tener un trabajo fantástico y, dos divorcios después, una familia que lo hacía bastante feliz. Evidentemente, me dio pena que solo lo tuviese todo.

Suscríbete para seguir leyendo


© El Periódico de España