Adiós a Clausewitz |
Por odiada que sea la guardia revolucionaria iraní, el pueblo no se enfrentará a ella, porque odia más todavía al poder que lo bombardea. Ni siquiera un pueblo hambriento, ignorado y humillado, como el cubano, se alza contra su gobierno, porque no puede ser amigo de la potencia que lo pisotea
Lanzamiento de un misil iraní. / SEPAHNEWS / CONTACTO / EUROPA PRESS
Cuando la guerra lleva catorce días, todo va a peor. Para el pueblo sufriente del Líbano, de Palestina, de Irán, pero también para los pueblos del mundo, amenazados por la violencia de una economía desatada. Pero incluso para los americanos, por mucho que Trump diga que las grandes compañías ganan mucho dinero. No lo ganará la ciudadanía americana. La guerra le cuesta mil millones al día, y las previsiones económicas para salir con cierto orden del atolladero donde está el fisco americano se han desmoronado. Con la inflación presumible al alza, las bajadas de tipos previstas se alejan a pasos agigantados tras cada día de guerra.
Las potencias belicistas que han preparado, incentivado, escalado y decidido esta guerra no tienen ninguna capacidad de construir nada, desde luego, pero sobre todo no tienen armas para decidir los conflictos en los que ellas mismas se enredan. Incorporarse a este mundo, como anunció de forma imprudente la Sra. Ursula von der Leyen, es un acto suicida. Esas potencias solo saben producir laberintos de violencia, y solo pueden tornarla indefinida. Este cambio es decisivo para la comprensión de la guerra contemporánea.
Se trata de guerras sin decidir. Se vio durante años en Siria. Ciudades enteras fueron reducidas a escombros, pero los dirigentes no pestañearon. Millones salieron a la emigración, cientos de miles perecieron bajo los escombros, los campos quedaron sembrados de minas, los restos arqueológicos fueron destruidos, pero nada cambió. Al-Assad siguió siendo presidente, gobernando sobre ciudades........