Fascinación por la Luna |
Fascinación por la Luna
Querer ir al satélite me parece fantástico y parte del ADN que nos hace humanos, pero siempre que no olvidemos que la prioridad es cuidar la Tierra y a sus habitantes.
Artemis se prepara para un amerizaje de alto riesgo a 40.000 km/h y 3.000ºC: el miedo a las grietas en el escudo térmico eleva la tensión
La Luna / El Periodico
Entre tantas guerras y tragedias, esta semana hemos tenido la buena noticia del éxito de la misión Artemis II enviada por la NASA hacia la Luna. En la mitología griega Artemisa tenía un pedigrí envidiable, porque era nada menos que hija de Zeus y hermana de Júpiter y su santuario en Éfeso era tan imponente que fue considerado una de las siete maravillas del mundo. A pesar de que lo suyo era la caza, la naturaleza y la castidad, ahora se ve en la Luna.
Esta misión ha ido más lejos que nunca, ha visto la cara oculta del satélite y ha preparado el terreno para un alunizaje en 2028 en el polo sur, donde hay agua congelada y helio-3 con los que hacer un reactor nuclear que produzca la energía necesaria para construir una base habitable desde la que lanzar nuevas misiones hacia otros lugares, siempre limitados por nuestra pequeñez y la inmensidad de las distancias siderales, pues solo el viaje de ida a Marte dura un año. Y está aquí al lado, como quien dice.
Es increíble pensar que el ser humano solo comenzó a volar en 1903 con los hermanos Wright, construyó el primer avión a reacción en 1947 y en 1969 Armstrong puso el pie sobre la Luna y dijo aquello tan bonito de “one giant leap for mankind”. Los que lo vimos en directo en las televisiones en blanco y negro de la época no lo olvidamos. Y todo eso sucedió en tan solo 66 años, como prueba evidente de la aceleración que vivimos y que pone tantas cosas patas arriba.
La Luna nació desgajada de la Tierra como consecuencia de su brutal encontronazo con otro cuerpo celeste, algo difícil de imaginar, porque la violencia y las dimensiones del Cosmos desbordan nuestra capacidad de comprensión, y siempre ha ejercido gran fascinación sobre nosotros: Julio Verne y H. G. Wells nos llevaron a ella, como también hicieron en época del cine mudo Georges Méliès, que en su corto de animación 'Viaje a la Luna', de 1902, le clavó un cohete en el ojo, y Fritz Lang, que 1928 envió allí a una mujer, nada menos que a buscar oro. Yo, al igual que Javier Rioyo, me quedo con Hergè, con Tintín, Milú, el capitán Haddock y el inefable profesor Tornasol en su cohete a cuadros rojos y blancos, porque también ellos viajaron a la Luna hace casi cien años y, a diferencia de Arsmstrong, no plantaron allí ninguna bandera, porque su viaje era una aventura de la Humanidad y no de Borduria o Syldavia. En cambio, el actual viaje forma parte de la carrera espacial que disputan Estados Unidos y China, una vez que Rusia, precursora con Yuri Gagarin y la perra Laika, ha quedado retrasada y solo la India ha enviado un vehículo no tripulado a ese Polo Sur, ahora tan codiciado. Una carrera que tiene sentido por razones de orgullo nacional y porque el primero que llegue podrá imponer sus normas en un lugar con muy poca legislación, e incluso delimitar espacios de exclusión donde no dejará acercarse a quienes lleguen después. Se pierde así una gran oportunidad para convertir la aventura espacial no en una pugna entre países sino en una hazaña de la humanidad, que debería estar por encima de egos y de fronteras nacionales. Porque desde la Luna se nos ve muy pequeños, como ha recordado uno de los cuatro astronautas de la misión Orión. Carl Sagan tenía razón cuando nos describía como un pequeño punto azul en la negrura inmensa del Cosmos, y por eso deberíamos hacer un ejercicio de humildad para enfrentarnos con esa inmensidad que, quizás también, nos resguarda de otras civilizaciones más antiguas y avanzadas porque, como dijo Stephen Hawking con humor negro “podrían estar hambrientas”, y a nadie se le ocurre pensar que estamos solos, que somos la única civilización inteligente en un universo con billones de estrellas.
Querer ir a la Luna me parece fantástico y parte del ADN que nos hace humanos, pero siempre que no olvidemos que la prioridad es cuidar la Tierra y a sus habitantes. Por ejemplo, y para empezar, Israel debería dejar de matar a libaneses (ahora les toca a ellos), y Washington y Teherán afianzar la frágil tregua que nos tiene a todos en vilo. Por mi parte, les confieso que envidio a esos astronautas que han llegado a estar a 406.000 kilómetros de distancia de Donald Trump.
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La portada de EL PERIÓDICO del 13 de abril de 2026