Y además del 'no' a la guerra, ¿qué?

Y además del 'no' a la guerra, ¿qué?

Tener razón moral o citar el derecho internacional ya no basta: frente a potencias sin límites ni normas comunes, hacen falta liderazgos fuertes y propuestas nuevas para construir un nuevo orden

Carney declara muerto el "viejo orden mundial" y pide la unión ante las grandes potencias

Foto de archivo de archivo del primer ministro canadiense, Mark Carney, (Suiza). EFE/GIAN EHRENZELLER / GIAN EHRENZELLER / EFE

El ya famoso discurso de Mark Carney en el Foro de Davos fue muy aplaudido porque hoy todo lo que suene a plantar cara a Donald Trump suele ser bien recibido en según qué círculos de Europa. Carney afirmó en su discurso que, al amparo del orden internacional vigente desde la Segunda Guerra Mundial, las potencias medianas (Canadá, Europa) pudieron prosperar en un sistema basado en normas y valores. Las reglas promovieron un orden mundial liberal liderado por Estados Unidos como superpotencia única tras el colapso de la URSS que trajo prosperidad, estabilidad y paz al menos a Occidente (la visión del sur global es muy diferente).

Carney describió con precisión un mundo basado en varios centros de poder (Estados Unidos, China, Rusia, etc.) con sus zonas de influencia innegociables, donde priman la fuerza, los intereses nacionales y las relaciones bilaterales competitivas: “Una realidad dura en la que el gran poder dominante no está sometido ni a límites ni a restricciones”. Su receta es que las potencias medianas que creen en un sistema basado en reglas y valores hagan lo mismo. Es decir: se unan y se independicen (autonomía estratégica) para construir “un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados”.

Hasta aquí, aplausos.

Pero Carney también fue crudo en su análisis del actual sistema de gobernanza multilateral: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa; que los más fuertes se eximían cuando les convenía; que las normas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o de la víctima".

El progresismo, del que Pedro Sánchez es hoy uno de sus principales rostros a nivel mundial, enarbola la bandera de la gobernanza mundial para oponerse al desorden mundial, a la ley del más fuerte, la jungla. Son grandes principios, y tienen la ventaja de que, como tales, son universales: sirven para Ucrania, para Gaza, para Venezuela y ahora para Irán. Son muy necesarios, pero hoy son huecos. Y, como explicó Carney en su cruda exposición, hace tiempo que para una parte importante del mundo (la no occidental) son papel mojado.

Después de Ucrania y Gaza, es inútil invocar la gobernanza internacional, los derechos humanos y la ONU. Trump y compañía tienen razón: no sirven para nada, en una suerte de profecía autocumplida ya que los que más critican la gobernanza mundial son los que más han hecho para destruirla. Como dijo Carney: “Sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o de la víctima”. Y esas potencias medianas que prosperaron en su regazo, como Canadá, como España, como la UE, sostuvieron la ficción porque, como explicó el primer ministro de Canadá, les beneficiaba. La diferencia es que ahora ya no es sostenible hacerlo.

Carney llamó en su discurso a construir nuevas alianzas (políticas, militares, comerciales, económicas) con actores nuevos. Acierta: ese es el camino, largo, sinuoso, complicado. Pero como él mismo dijo en Davos, es necesario afrontar la realidad: ya no hay orden internacional ni reglas y para una parte de esos actores que pueden ser socios nuevos (Mercosur), la apelación a ese mundo multilateral con el automatismo hipócrita habitual (“La UE pide contención a ambas partes”) no aporta nada más que capital político para consumo interno. Y eso está por ver.

No se detendrá a Trump y a Binyamín Netanyahu en Oriente Próximo apelando a las resoluciones de la ONU o posicionándose por principios en contra de la guerra. Tener razón moral y pedir justicia no basta. Hacen falta líderes fuertes con ideas claras y propuestas nuevas, como Carney, y menos postureo declarativo. Entre otros motivos porque, como han demostrado Friedrich Merz en Washington y Albert Núñez Feijóo en Madrid, la disyuntiva de países como Canadá, España y, en general, la UE, es clara: o sumisión completa (tipo Mark Rutte) o construir un nuevo orden. Apelar al viejo orden es una pérdida de tiempo. Lo dijo Carney, aunque se cita menos: “Hay que dejar de invocar el orden internacional basado en reglas como si todavía funcionara tal como se anunciaba”.

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