No me gusta la fruta |
Joan Cañete Bayle
Periodista
Leonard Beard. / 5
Camille Zapata es una de las estrategas de moda en Estados Unidos. Desde la trinchera digital ha conseguido colocar a su cliente, Gavin Newsom, gobernador de California, como posible candidato presidencial en 2028. Y algo más importante: ha puesto nervioso al movimiento MAGA. Su receta consiste en copiar e imitar el estilo digital de Donald Trump: mayúsculas, apodos ridículos, frases cortas, insultos con envoltorio cómico, memes virales. Una comunicación pensada para que cada tuit sea un bofetón al adversario político, un zasca en toda regla. Newsom ha asumido con entusiasmo esa teatralidad y se refiere a JD Vance como “Just Dance Vance”; publica con mayúsculas para simular la voz de Trump, usa memes, se autoelogia como el presidente de EEUU… El objetivo es doble: ridiculizar al adversario y proyectarse como alternativa. Y, sobre todo, ganar la batalla de la atención en una conversación pública secuestrada por una comedia política tan lamentable que ya es una pésima broma. Y le está funcionando. Zapata y Newsom son uno de los fenómenos políticos del momento.
España no necesita mirar a California para entender de qué va esto. La política española hace tiempo que convirtió la bronca en casi el único argumento de la conversación pública. El insulto, la exageración, la amenaza y las malas formas, incluso los tacos, se han vuelto moneda corriente. La diputada Míriam Nogueras, en pleno debate de un tema tan importante como la duración de la jornada laboral, justificó así su voto: “Porque el del taller de tu pueblo no es el dueño de Ferrari. La persona que corta el pelo en tu pueblo no es la dueña de L’Oréal, y el carnicero de tu pueblo tampoco es el amo de Mercadona, cojones”. Miguel Tellado, secretario general del PP, dijo: “Aquí podemos empezar a cavar la fosa donde reposarán los restos de un Gobierno que nunca debió haber existido”.
Un episodio ya célebre en la política española fue el de Isabel Díaz Ayuso y la fruta. Cuando Sánchez mencionó a su hermano en el Congreso, ella masculló un “hijo de puta”. Después, su equipo transformó el exabrupto en “me gusta la fruta”. La frase se viralizó, se imprimió en camisetas, fue objeto de 'merchandising' y Alberto Núñez Feijóo la utiliza para subtitular un vídeo de bailecito en TikTok. Su antecesor, Pablo Casado, dejó un diccionario de invectivas dedicado a Sánchez: traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, rehén, mentiroso compulsivo, escarnio, incompetente, catástrofe, desleal, ególatra, mediocre, okupa…
No se puede acusar solo a la derecha de cultivar la gresca. Óscar Puente ha hecho del tono faltón y el exceso verbal un estilo propio. Entre la ocurrencia y la descalificación, el ministro ha convertido cada aparición pública en una oportunidad de sacar el zasca.
¿Por qué dice “collons” Míriam Nogueras, de forma tan premeditada que hasta suena forzado, un recurso oratorio con un objetivo comunicativo? Porque el insulto, el taco, transmite proximidad. Aleja el fantasma del político elitista y lo convierte en colega de bar. Los improperios divierten a los propios, indignan a los ajenos, se viralizan en segundos. Las hipérboles y las falsedades deshumanizan al adversario: lo convierten en meme. La política deja de ser conversación para transformarse en un intercambio de monólogos barriobajeros. Lo peor es que alguno o alguna se creerá heredero de los maestros de la esgrima oratoria parlamentaria.
Este estilo tiene un alto precio: banaliza el discurso político y daña la democracia. Insultar, exagerar, mentir no es inocuo. Es un torpedo a la línea de flotación de la conversación pública. Porque, por debajo, subyace una visión desoladora del ciudadano: un ser apático, acrítico, incapaz de soportar un discurso adulto. Es peor que la infantilización: es pensar que el ciudadano medio es el bruto último de la clase, al que no le interesa nada que no le divierta o le convenga: las risotadas, el caca, culo pedo, pis.
¿Cómo y para quién gobernará quien tiene este concepto de sus conciudadanos? Si el ciudadano solo responde a las bajas pasiones, ¿para qué ofrecerle algo más que memes e ideas (por llamarlas de alguna forma) 'fast food'? Si la peña es chunga, se merece y tendrá políticas chungas, por decirlo en un discurso de estilo ayusiano.
Ejercer la política en base a las bajas pasiones es sencillo: no es ningún arte supremo de la comunicación política. Y no, ni a la democracia ni a los demócratas nos gusta la fruta.
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