Odio sudar
Elizabeth López Caballero
Una mujer toma agua para hidratarse debido a las altas temperaturas.
Odio sudar. Sí, odio sudar fuera de los contextos oficialmente establecidos para el sudor. ¿Y cuáles son esos contextos?, se preguntarán. Ay, amigo, ahí ya cada cual dibuja sus propias fronteras. Yo no voy a enumerar las mías porque creo que el sudor tiene algo de íntimo, de clandestino, de secreto, de sucio. Este verano el calor y la humedad están apretando con ganas. Era de esperar, según los viejos sabios del banco del parque, porque tras un invierno frío toca un verano caluroso. Ellos lo dicen con la misma seguridad con la que anuncian que mañana lloverá porque huele a tierra húmeda o les duele una rodilla. La cuestión es que cada vez que me cruzo con alguien a quien, por costumbre, saludo con dos besos, inauguro el encuentro con un «Estoy sudando» mientras arqueo la espalda en una maniobra evasiva que ya querría para sí la niña de El exorcista. No es que sea antipática, es que tanto asco me da sudar como que me toquen cuando estoy sudando. Podría explicar que cuando alguien me pone la mano en la espalda o en el brazo a modo de saludo siento que me convierto en un trozo de slime: viscoso, tibio, ligeramente pegajoso,........
