Libro viejo

El tiempo, que es tan cíclico como lineal, también se mide en el regreso de algunos placeres menores. En la vuelta, por ejemplo, de la Feria del Libro Viejo y de Ocasión

Feria del Libro antiguo y de ocasión / Germán Caballero

Algunos artículos se escriben -digámoslo así- por militancia, y la militancia es siempre un asunto afectivo. No puedo dejar pasar de largo ciertos temas, por devoción biográfica, por inclinación espiritual. Siento que estoy obligado a hablar sobre algunos asuntos, por tópicos que parezcan en general o por mucho que los haya tratado antes en particular. Soy militante respecto a ciertos lugares comunes, porque tengo la certeza de que los escritores deben insistir en lo sabido, para tratar de explicarlo con su propia voz. Hay que escribir el poema de la luna, y el del verano, y el del mar, y el de la lluvia. Hay que escribir el artículo de la lluvia, y el del mar, y el del verano, y el de la luna.

En mi caso, tengo el compromiso biográfico de escribir el artículo de la Feria del Libro Viejo y de Ocasión todos los meses de marzo, cuando se montan sus casetas en la Gran Vía de Valencia, un poco antes de las fiestas de Fallas.

Me encanta la denominación de esos libros de segunda mano: viejo y de ocasión. Dice el refrán que la ocasión la pintan calva, pero con un mechón de pelo al que debe agarrarse quien la desee aprovechar. Ese mechón de pelo en la calva de la ocasión a mí se me figura en forma de libro. Un libro al que agarrarse para aprovechar las horas, para salvarnos del aburrimiento, para salir muy bien parados de nuestro paso por el mundo. Los libros ocasionales, los que nos depara el azar en un puesto callejero, también son nuestra mejor ocasión, nuestra mejor oportunidad para encontrar la alegría que la lectura proporciona a quienes la amamos, y no nos imaginamos la vida sin ella.

Me gusta también que se le llame viejo a ese tipo de libro. Lo de libro anticuario resulta demasiado pomposo, muy de domingo. El libro viejo es laborable, como un perro mil leches, sin otro pedigrí que el de haber pasado de mano en mano hasta desencuadernarse.

El encanto del libro de ocasión reside en que tiene historia, tiene pasado, y todo lo que tiene pasado e historia posee misterio. Tiene arrugas, cicatrices, como la gente. Al libro viejo hay que interrogarlo, para averiguarle las andanzas. A ver, hijo, de dónde vienes tú. Tú de quién eres. Quién te ha leído antes de mí, quién fue tu dueño. Dónde te compraron y vendieron. Y si el que pregunta tiene paciencia, el libro viejo le contará sus aventuras.

El tiempo, que es tan cíclico como lineal, también se mide en el regreso de algunos placeres menores. En la vuelta, por ejemplo, de la Feria del Libro Viejo y de Ocasión.

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